En 2004 Doug y Kristine Tompkins, a través de su fundación Conservación Patagónica, adquirieron la Estancia Valle Chacabuco, una de las mayores explotaciones ovinas de Chile con 222,000 acres. En lugar de expandir la producción, los filántropos iniciaron un experimento radical: desmantelar la actividad ganadera para restaurar el ecosistema. La primera medida fue vender las 25,000 ovejas que pastaban la tierra y retirar 386 kilómetros de cercas que fragmentaban el territorio, dejando libre el paso de la fauna autóctona.
La estrategia buscaba reducir la presión humana sobre los pastizales, degradados por décadas de sobrepastoreo. Al eliminar el ganado, se abrió espacio para especies como guanacos, huemules, pumas y cóndores, que habían visto menguada su población. En pocos años la cifra de guanacos pasó de unos pocos cientos a cerca de 3,000 ejemplares, mientras los depredadores recuperaron presencia en la zona. El proyecto incluyó también programas de monitoreo y recuperación de especies amenazadas, consolidando un modelo de “rewilding” donde la naturaleza vuelve a autogestionarse.
Sin embargo, la iniciativa no estuvo exenta de críticas. Ganaderos locales y sectores económicos percibieron la compra como una imposición extranjera que quitaba una fuente de empleo y producción. La oposición se mantuvo durante años, obligando a la fundación a buscar alternativas económicas para la comunidad. Los Tompkins reorientaron a los antiguos trabajadores del rancho hacia labores de conservación y ecoturismo, creando nuevas oportunidades en localidades como Cochrane.
El proyecto de Valle Chacabuco fue solo el primero de una serie de adquisiciones en Chile y Argentina, donde la pareja destinó alrededor de 170 millones de dólares, complementados con 45 millones de otros filántropos, para comprar, retirar ganado y restaurar ecosistemas. Pero la meta final nunca fue la propiedad privada; la intención era transferir la tierra al Estado para su protección permanente.
En enero de 2018, Kristine Tompkins entregó más de 400,000 hectáreas al Estado chileno, que incorporó casi 3.6 millones de hectáreas adicionales, creando cinco parques nacionales y sumando más de 4 millones de hectáreas bajo protección. Valle Chacabuco pasó a integrar el Parque Nacional Patagonia, consolidando el sueño de los Tompkins de convertir una explotación ganadera en patrimonio público.
Catorce años después, Chile no recibió un negocio rentable, sino un territorio revitalizado donde la biodiversidad florece sin depender de la voluntad de una pareja adinerada. La paradoja del proyecto muestra que, a veces, el mayor valor no se mide en dólares, sino en la capacidad de devolver la vida a la tierra.
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Fuente: xataka