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Así nació el primer chiringuito en la playa de La Barrosa tras el naufragio del Soberbio

por editor
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El 1 de febrero de 1752 un violento temporal hundió frente a la playa de La Barrosa, entre las torres del Puerco y Bermeja, el navío español Soberbio, cargado de oro, plata y monedas coloniales. El desastre dejó a 166 tripulantes a la deriva, incapaces de nadar, y provocó una agonía que duró veinte horas antes de que todos perecieran. El hallazgo del pecio provocó una masiva afluencia de vecinos de Chiclana y Conil, quienes, bajo la excusa de rescatar objetos, saquearon el litoral, extrayendo incluso botones de oro y plata de los cadáveres.

Ante el descontrol, la autoridad militar designó al cabo Juan Ignacio Piñeiro para dispersar a la turba y estableció un incentivo del 8 % del valor de lo encontrado a quien lo devolviera. El temporal cesó el 9 de febrero, permitiendo que las barcazas marcaran el naufragio con una boya. El rescate se prolongó durante un año; la zona, entonces desierta, requirió la importación de agua potable desde Chiclana hasta que surgieron manantiales cercanos, a los que pronto se les atribuyeron propiedades curativas, anticipando siglos de turismo de bienestar.

Con el tiempo, lo que empezó como tragedia se transformó en un negocio. Se erigió un “real” de diez barracas, construidas en parte con los materiales devueltos por el mar, capaz de albergar a 200 personas. El campamento atrajo a militares, buzos y curiosos, creando un mercado permanente de alimentos y bebidas. Un cocinero llamado Bautista Pesero, contratado por cinco reales para la comida de los oficiales y tres para el resto, abrió una segunda barraca sin restricción, dando origen a dos cantinas simultáneas, una regulada y otra libre.

Los registros del campamento describen una dieta variada: pan blanco y moreno, cerdo salado, carneros, gallinas, huevos, manteca de Flandes, garbanzos, bacalao, atún, quesos, chocolate, vinos de Jerez y azúcar, además de pescados locales como jureles, chocos y mero. La cocina, aunque sencilla, era apreciada por su sabor, lo que explica la ausencia de quejas entre los soldados. Tras la muerte del capataz Matías Capulino en julio de 1753, el real decayó, pero se recuperó el 91 % de las monedas hundidas, consolidando el éxito económico del primer chiringuito.

En la actualidad, el proyecto Vestigium del Centro de Arqueología Subacuática del IAPH ha cartografiado el sitio y el ayuntamiento de Chiclana, bajo la gestión de Milagros Alzaga, ha señalizado el punto exacto con paneles informativos y códigos QR. La iniciativa musealiza cinco tramos intermareales de la costa gaditana, permitiendo a los visitantes conocer la historia del naufragio y del nacimiento del negocio de playa.

El término “chiringuito” proviene del diminutivo cubano “chiringo”, usado para describir el café colado en una media. Llegó a España con los indianos que regresaban de las Antillas y se popularizó en Sitges en 1913, cuando el periodista César González‑Ruano lo empleó para nombrar su bar de verano. No fue sino hasta 1983 que la Real Academia Española lo incluyó en el diccionario, consolidando una tradición que, aunque surgió de la tragedia, sigue siendo parte esencial del ocio costero español.

Fuente: Xataka

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