Un caso de encefalitis mortal en Francia ha puesto el foco en el Culicoides, un diminuto díptero de apenas 2 milímetros, como posible transmisor del virus Shamonda, antes considerado exclusivo de animales. Hasta hace pocos meses, el patógeno solo se había detectado esporádicamente en África y Japón, pero su rápida expansión en Europa obligó a revisar las estrategias de vigilancia epidemiológica. La infección, registrada en un paciente inmunodeprimido tras un trasplante de médula ósea, fue publicada en la revista Nature, rompiendo la creencia de que el virus no podía afectar a humanos.
Los investigadores aún no confirman la vía exacta de contagio, aunque se baraja la posibilidad de una transmisión transfusional en un contexto de vulnerabilidad extrema, más que una picadura directa. En la naturaleza, el Culicoides pertenece a la familia de los ceratopogónidos, no a los mosquitos comunes, y se alimenta de sangre de vertebrados. Su tamaño, entre 1 y 3 milímetros, lo hace difícil de detectar, pero estudios han encontrado su genoma portador del virus en ejemplares capturados en Sudáfrica y Nigeria, lo que sugiere su papel como vector.
Aún se necesita más investigación para descartar la participación de otros insectos en la diseminación del Shamonda. Mientras tanto, la preocupación se centra en el impacto económico y veterinario del virus en la ganadería europea. Las variantes SHAV‑EU1 y SHAV‑EU2, surgidas por mutaciones, se han propagado en explotaciones de Alemania, Suiza y Francia, y el Ministerio de Agricultura español ha confirmado su presencia en varias comunidades.
En España, la variante tipo 1 se ha detectado en Córdoba, Toledo, Ávila y Madrid, mientras que la tipo 2 está presente en Cantabria. Aunque la mortalidad animal no es alta, el virus destaca por su alta contagiosidad y su carácter teratógeno: en Japón, la infección intrauterina provocó malformaciones graves en crías de rumiantes, como artrogriposis y daño neurológico.
Las autoridades sanitarias y agropecuarias están intensificando la vigilancia y el monitoreo genético del virus para anticipar brotes y diseñar vacunas específicas. La aparición del primer caso humano subraya la necesidad de una respuesta One Health que integre salud humana, animal y ambiental. Expertos advierten que la falta de conocimiento sobre todos los posibles vectores podría retrasar la contención del patógeno.
Mientras tanto, la comunidad científica sigue analizando muestras de Culicoides y otras especies para confirmar su papel definitivo en la transmisión. La lección más clara es que incluso los organismos más diminutos pueden desencadenar crisis de salud pública cuando cambian sus patrones de distribución y virulencia, obligando a los gobiernos a adaptar sus protocolos de control y prevención.
Fuente: xataka