Un pequeño Australopithecus africanus, de apenas tres años y con los dientes de leche aún emergiendo, deambulaba hace 2.8 millones de años por la sabana sudafricana sin imaginar que una enorme ave rapaz lo observaba desde el cielo.
Sin previo aviso, la ave se lanzó en picado, atrapó al infante y lo devoró. Las marcas de perforación bajo la cuenca ocular del llamado “niño de Taung” coinciden con las garras de un águila, lo que sugiere que estas gigantescas rapaces cazaban a los niños de nuestros ancestros como parte de su dieta.
Durante la Edad de Piedra, la megafauna dominaba los ecosistemas: mamuts, mastodontes, perezosos gigantes y, entre ellos, aves de envergadura colosal que podían engullir presas enteras. Tras la extinción de los dinosaurios no aviares, algunas aves pequeñas evolucionaron hasta convertirse en depredadores aéreos de gran tamaño, como el Pelagornis sandersi, con una envergadura de siete metros, o los teratornítidos de América, capaces de alcanzar los seis metros.
Estudios recientes del primatólogo Scott McGraw, que analizó más de 600 cráneos de primates abatidos por águilas coronadas en Costa de Marfil, encontraron daños idénticos a los del “niño de Taung”. Estas similitudes refuerzan la hipótesis de que las rapaces fueron una presión selectiva constante para los homínidos, influyendo en la evolución de rasgos como la bipedestación, la vida en grupo y, eventualmente, el lenguaje.
James Cole, arqueólogo de la Universidad de Brighton, afirma que la necesidad de detectar depredadores desde el aire pudo haber favorecido la postura erguida y la cooperación social. En grupos numerosos, varios individuos pueden vigilar el cielo, creando el “efecto de los muchos ojos” que aumenta la probabilidad de supervivencia.
Las leyendas de culturas alrededor del mundo –desde el Thunderbird nativo americano hasta la cigüeña que raptaba bebés en la mitología griega– podrían tener su origen en estas aves reales. En Nueva Zelanda, la extinta águila de Haast, del doble del peso de una harpía, cazaba moas y probablemente también a niños humanos.
Con la llegada del Pleistoceno y la gran edad de hielo, la megafauna, incluidas las aves rapaces gigantes, desapareció hace unos 11,700 años, posiblemente por cambios climáticos y la presión humana. Su extinción marcó el fin de una amenaza aérea que, según los expertos, dejó una huella profunda en la biología y la cultura del ser humano.
Fuente: Bbc