Jeffrey Deaver, un leñador jubilado de 58 años del estado de Washington, lleva cuatro años consumiendo kratom para mitigar un dolor crónico de cadera y rodilla. Después de no encontrar alivio en la medicina tradicional y esperar una cirugía, descubrió el suplemento a base de hierbas en una tienda local. Empezó con dosis mínimas, pero pronto aumentó la cantidad hasta que el dolor desapareció, describiendo la experiencia como “un milagro” que le permitió volver a dormir y a trabajar.
El kratom es una planta originaria del sudeste asiático—principalmente Tailandia, Malasia e Indonesia—que ha sido utilizada durante siglos por sus efectos estimulantes y analgésicos. En los últimos diez años su popularidad se extendió a Estados Unidos, donde se vende sin receta en forma de polvo, cápsulas o líquido. Su fácil acceso, desde tiendas de conveniencia hasta gasolineras, le ha valido el apodo de “heroína de las gasolineras” y ha despertado la preocupación de autoridades sanitarias.
Esta semana, la policía de la Universidad de Misisipi informó que dos estudiantes fallecidos tenían kratom entre sus pertenencias. Aunque las muertes no se atribuyeron directamente a la planta, el caso impulsó nuevas advertencias sobre su consumo. Expertos como Shane Speights, decano de la Facultad de Medicina Osteopática del Instituto Tecnológico de Nueva York, señalan que la falta de regulación federal impide conocer la composición exacta de los productos, lo que aumenta los riesgos para la salud.
El kratom se promociona como un remedio natural para el dolor, la ansiedad y la depresión, y en dosis bajas produce un efecto similar al de la cafeína. Sin embargo, en cantidades mayores puede generar euforia, alucinaciones y depresión del sistema nervioso central, lo que en casos extremos lleva a colapso cardiovascular y dificultad respiratoria. Jana Wu, directora clínica del centro de tratamiento de adicciones Mountainside, advierte que la adicción al kratom puede destruir matrimonios, empleos y finanzas, y que la tolerancia se desarrolla rápidamente, obligando a algunos usuarios a consumir hasta veinte pastillas al día.
Legalmente, el kratom está prohibido en 11 estados estadounidenses, entre ellos Alabama, Arkansas y Massachusetts, este último tras una orden de emergencia en 2023. A nivel federal, la DEA intentó clasificarlo como sustancia de Lista 1 en 2016, pero el plan fracasó tras la presión de ciudadanos y grupos de defensa. Actualmente, la regulación depende de cada estado, y mientras algunos buscan prohibir los productos sintéticos, defensores como la Asociación Estadounidense del Kratom piden una normativa que garantice la pureza del producto natural.
A nivel internacional, la planta está prohibida en varios países de Europa, Asia y Australia, y en Malasia, su país de origen, su consumo y venta están penados por la Ley de Sustancias Tóxicas de 1952. La controversia sigue abierta, y mientras tanto consumidores y autoridades continúan enfrentándose en un debate que combina salud pública, libertades individuales y el creciente mercado de suplementos no regulados.
Fuente: Bbc