Durante más de medio siglo, Staten Island albergó lo que parecía imposible: una montaña de basura que alcanzó los 150 millones de toneladas. El sitio, conocido como Fresh Kills, comenzó en 1948 como un depósito temporal en unas marismas, bajo la visión del urbanista Robert Moses, pero pronto se transformó en el mayor vertedero del mundo. En su apogeo, entre 1986 y 1987, llegaban hasta 29,000 toneladas de residuos al día, formando cuatro colinas artificiales que hoy se alzan sobre 8.9 km² y permiten ver el skyline de Manhattan.
El vertedero cerró sus puertas el 22 de marzo de 2001, pero su legado quedó bajo tierra. Para evitar la filtración de gases y lixiviados, se construyó un complejo de capas: suelo nivelado, barreras impermeables, sistemas de drenaje y más de medio metro de tierra protectora. Además, 238 pozos monitorizan el agua subterránea y tuberías capturan el metano que la materia orgánica sigue generando. En 2018, Fresh Kills producía alrededor de tres millones de pies cúbicos diarios de gas, suficiente para alimentar a National Grid y calentar hogares de Staten Island.
Tras los atentados del 11‑S, el sitio volvió a recibir residuos: 1.4 millones de toneladas de escombros de Ground Zero fueron depositados en una zona del West Mound, que ahora alberga un memorial. Esa capa adicional reforzó la necesidad de sellar el terreno y controlar su evolución ambiental.
La transformación ecológica empezó a notarse cuando la vegetación autóctona fue reintroducida. Hoy la mitad del área es pastizal, hogar de aves como el sedge wren, bobolinks y saltamontes gorriones, y de pequeños mamíferos, incluso ciervos de cola blanca. En 2020, investigadores descubrieron tres parejas reproductoras de sedge wren, una especie que no se observaba en la ciudad desde 1960, lo que subraya el valor conservacionista del proyecto.
En octubre de 2023 se inauguraron 85,000 m² de senderos, miradores y una torre de observación de aves dentro del antiguo vertedero. La obra avanza por fases y se espera que, para 2036, Fresh Kills Park cubra 8.9 km², prácticamente tres veces el tamaño de Central Park, ofreciendo zonas recreativas, humedales, rutas para bicicletas y actividades acuáticas.
Al final, la imagen más impactante será invisible: cada visitante caminará sobre colinas construidas con la basura de generaciones neoyorquinas, recordando que la gestión de residuos puede convertirse en una oportunidad para crear espacios verdes de escala monumental.
Fuente: xataka