En el verano de 1816, una noche lluviosa en la Villa Diodati, a orillas del lago Lemán, el poeta Lord Byron propuso a sus acompañantes –John Polidori, Percy Shelley y la joven Mary Godwin – que compusieran cuentos de terror. Fue en ese ambiente de incertidumbre y debates científicos cuando Mary, de apenas 18 años, comenzó a imaginar una historia que explorara los temores más profundos de la naturaleza humana. Dos años después, en 1818, publicó “Frankenstein o el Prometeo moderno”, una novela que combina terror gótico, ciencia ficción y reflexión moral.
La obra narra la historia de Victor Frankenstein, un estudiante de filosofía natural que, impulsado por una ambición desmedida, logra dar vida a un cuerpo ensamblado de piezas humanas. Sin embargo, al contemplar a su creación, siente horror y rechazo, abandonándola a su suerte. El monstruo, dotado de sensibilidad y una voz poética, busca aceptación pero es perseguido y marginado, lo que lo lleva a una espiral de venganza. Esta dicotomía entre creador y criatura plantea preguntas sobre la responsabilidad parental, el abuso de la ciencia y los límites éticos del progreso.
El impacto de Shelley trascendió la literatura. Sus dos figuras icónicas –el científico loco y el monstruo incomprendido– se convirtieron en arquetipos universales que han inspirado cientos de adaptaciones cinematográficas, teatrales y musicales. Desde el cortometraje de Thomas Edison (1910) hasta la icónica película de James Whale (1931) con Boris Karloff, pasando por versiones italianas, japonesas y la sátira de Mel Brooks, el relato ha permeado la cultura popular. Incluso la palabra “Franken‑” se usa hoy para describir experimentos genéticos, inteligencia artificial y otras tecnologías que generan incertidumbre.
El contexto histórico también es clave. A principios del siglo XIX, experimentos como los de Luigi Galvani y su sobrino Giovanni Aldini despertaron el interés por el “galvanismo”, una ciencia que parecía acercarse a la resurrección de la vida. Mary Shelley incorporó esas ideas, aunque de forma vaga, creando una ciencia ficticia que sirve de espejo a cualquier época de avances disruptivos. Por eso, la novela sigue resonando en debates contemporáles sobre biotecnología, edición genética y ética científica.
A lo largo de dos siglos, “Frónica” ha sido utilizada tanto para defender como para criticar movimientos sociales, desde la abolición de la esclavitud hasta la oposición al imperialismo. Su capacidad para adaptarse a distintos discursos la convierte en una herramienta retórica poderosa. La reciente versión de Guillermo del Toro, estrenada en Venecia 2025, reinterpreta la historia como una metáfora del dolor familiar, mostrando que el relato sigue abierto a nuevas lecturas.
En conclusión, la novela de Mary Shelley no es solo un relato de horror; es una parábola atemporal que alerta sobre los peligros de jugar a ser dios y sobre el costo del rechazo social. Su legado persiste porque habla de la condición humana, del deseo de crear y del miedo a lo desconocido, temas que siguen vigentes en la ciencia, la política y la cultura contemporánea.
Fuente: Bbc