En marzo de 1974 el ingeniero Jean Bertin puso a la prueba el Aérotrain I80‑HV, un tren que flotaba sobre una vía de hormigón gracias a un colchón de aire generado por potentes ventiladores. El vehículo alcanzó 430,4 km/h, rompiendo el récord mundial de velocidad y demostrando que la levitación aerodinámica era técnicamente viable. Sin embargo, apenas cuatro meses después, el recién electo presidente Valéry Giscard d’Estaing decidió cortar los recursos públicos y apostar por el proyecto de la SNCF, el famoso TGV, dejando al Aérotrain sin financiamiento.
El concepto nació en la década de 1950 dentro de la empresa de Bertin, cuando un ingeniero descubrió que, al expulsar aire a alta presión, era posible mantener un vehículo a pocos centímetros del suelo. El diseño consistía en un único riel de hormigón armado en forma de “T” invertida, sobre el que el tren se deslizaba sin contacto mecánico. Los prototipos de larga distancia utilizaban turbinas de gas, mientras que la versión suburbana S44 empleaba un motor lineal eléctrico y alcanzaba los 200 km/h. Bertin aseguraba que “la máquina puede ir tan rápido como se quiera”.
A pesar del entusiasmo inicial, el proyecto no logró integrarse al sistema ferroviario francés. Un estudio académico reciente concluye que las causas del fracaso son múltiples: técnicas, económicas, políticas y culturales. Por un lado, la infraestructura requerida era costosa y distinta de la red existente; por otro, la SNCF ya había invertido recursos en el desarrollo del TGV, que prescindía del colchón de aire y resultaba más sencillo de adaptar a la red.
Factores políticos también influyeron. Algunas investigaciones apuntan a los lazos familiares del presidente Giscard con la dinastía industrial Schneider, encargada de la fabricación de las vías de acero, lo que habría favorecido la decisión de abandonar el Aérotrain. Además, la rivalidad entre los conglomerados industriales CGE y Jeumont‑Schneider habría creado presiones adicionales contra el proyecto de Bertin.
El abandono definitivo se selló en 1977, cuando el I80‑HV realizó su última prueba y los prototipos restantes fueron destruidos en incendios sospechosos en 1991 y 1992. Bertin, profundamente decepcionado, renunció a sus cargos y falleció de cáncer a los 58 años. Sin embargo, parte de la tecnología desarrollada sirvió de base para el TGV, que se consolidó como símbolo de la alta velocidad europea.
En marzo de 2025 tres unidades a tamaño real y seis maquetas fueron declaradas monumentos históricos, gracias a la labor del hijo de Bertin y su asociación. Hoy, los únicos sistemas de levitación por aire que operan son transportadores de aeropuertos, como el Otis Hovair, mientras que el maglev ha logrado una mayor aceptación pese a sus altos requerimientos energéticos.
Fuente: xataka