Cuando la periodista Zahra Hankir se sienta en su apartamento de Brooklyn y se aplica el kohl, dice sentir la presencia de su madre, su abuela y de mujeres de todo el Medio Oriente. Ese vínculo personal se vuelve público tras la reciente inclusión del kohl en la lista de Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad de la Unesco, reconocimiento que eleva al delineador de ojos de simple accesorio a práctica cultural viva.
El kohl, pigmento oscuro tradicionalmente elaborado con antimonio, plomo u otros minerales, tiene raíces que se remontan a miles de años. En el Antiguo Egipto, Mesopotamia y Persia se usaba tanto por hombres como por mujeres, no solo por estética, sino como protección contra el sol, enfermedades o el “mal de ojo”. Los egipcios incluso enterraban sus frascos de kohl con los difuntos, demostrando la importancia espiritual del cosmético.
En el mundo árabe se le conoce como kohl, mientras que en el sur de Asia se llama kajal, en Nigeria tiro y en Irán sormeh. La escritora británico‑libanesa Hankir, autora de “Eyeliner: A Cultural History”, ha recorrido continentes —desde Kerala hasta Chad, pasando por Jordania y Japón— para documentar cómo esta práctica se adapta a distintas culturas, pero mantiene un hilo conductor: la protección y la identidad.
En Alemania, a principios del siglo XX, las mujeres adoptaron el estilo de la reina Nefertiti, cuyo busto muestra ojos delineados con kohl. Esa imagen se convirtió en un símbolo de belleza, autoridad y empoderamiento, y hoy sigue inspirando tutoriales en YouTube, TikTok e Instagram que reproducen el look milenario con precisión digital.
El delineador también trasciende géneros. En Petra, Jordania, los hombres lo usan como rito de paso y marcador de soltería; en Chad, los hombres Wadabi son juzgados por su apariencia en concursos de belleza. En la cultura chola mexicano‑estadounidense, el kohl representa resistencia y orgullo cultural, mientras que en Japón las geishas emplean un delineador rojo como amuleto protector.
El reconocimiento de la Unesco no solo celebra una tradición milenaria, sino que también protege los conocimientos artesanales y rituales que la rodean. Según Hankir, este respaldo institucional ayuda a documentar, transmitir y valorar la práctica, evitando que se diluya en la cultura globalizada del maquillaje comercial. Así, cada trazo de kohl sigue siendo, para millones, un acto casi espiritual que conecta pasado y presente, identidad y comunidad.
Fuente: Bbc