Cuando una persona se muda a su propio espacio, la lista de preguntas cotidianas se multiplica: ¿cuándo lavar la ropa?, ¿cuánto tiempo guardar la comida?, y, entre otras, ¿con qué frecuencia cambiar las sábanas? El farmacéutico Álvaro Fernández, especializado en higiene doméstica, afirma que la recomendación popular de hacerlo una vez por semana o, como máximo, cada diez días, tiene fundamento, pero no es una regla rígida respaldada por la ciencia.
Las sábanas actúan como un pequeño ecosistema. Cada noche acumulan sudor, células muertas, grasa corporal y una variedad de microorganismos. En épocas de calor y alta humedad, como el verano mexicano, ese cóctel favorece la proliferación de ácaros del polvo y sus alérgenos, convirtiendo la cama en un potencial foco de irritación respiratoria. Por eso, además del lavado, Fernández recomienda ventilar la habitación y deshacer la cama antes de abrir la ventana para reducir la humedad y la carga microbiana.
Sin embargo, la idea de que pasar más de siete días sin lavar la ropa de cama genera problemas de salud graves carece de respaldo científico sólido. La mayoría de los estudios revisados se enfocan en la prevención de alergias, no en la prevención de infecciones en personas sanas. La presencia de bacterias en las sábanas no equivale automáticamente a un riesgo de enfermedad; la piel humana y el sistema inmunitario manejan una gran carga microbiana sin consecuencias aparentes.
Lo que sí está comprobado es que lavar la ropa de cama a temperaturas de 60 °C o superiores reduce significativamente la carga de ácaros y sus alérgenos. La Organización Mundial de la Salud (OMS) recomienda temperaturas superiores a 55 °C para eliminar eficazmente a estos artrópodos. Esta medida es particularmente importante para personas alérgicas o con asma, quienes pueden experimentar síntomas al exponerse a los alérgenos del polvo.
En la práctica, Fernández sugiere un enfoque flexible: si no se padece de alergias, cambiar las sábanas cada diez días es suficiente, siempre que se mantenga una buena ventilación y se laven a temperatura adecuada. Para quienes tienen sensibilidad al polvo, el intervalo ideal vuelve a ser semanal o incluso cada tres o cuatro días, siempre que el lavado sea a alta temperatura.
En conclusión, la regla de “una semana” funciona como una guía práctica, pero no es una obligación sanitaria universal. La clave está en combinar una frecuencia razonable de lavado, temperaturas altas y una adecuada ventilación del dormitorio, adaptando el hábito a las condiciones personales y climáticas de cada hogar.
Fuente: xataka