El presidente ruso, Vladimir Putin, ha visto cómo su seguridad se ha convertido en una prioridad absoluta en los últimos tiempos. Los ataques ucranianos en territorio ruso y el asesinato de altos mandos militares han llevado al Kremlin a levantar un muro de seguridad sin precedentes alrededor de su líder.
La amenaza ya no proviene solo de Ucrania, sino que también se ha demostrado que la guerra puede desarrollarse en cualquier lugar del país. Los drones que alcanzan Moscú, los sabotajes contra instalaciones estratégicas y los atentados dirigidos contra oficiales rusos de alto rango han demostrado que la guerra ya no se desarrolla únicamente en el frente.
Putin vive cada vez más aislado, con medidas de protección extremas que incluyen la reducción de sus desplazamientos, el trabajo desde búnkeres y la restricción del acceso a sus residencias habituales. Incluso las personas de su entorno más cercano viven sometidas a controles extraordinarios, con restricciones sobre el uso de teléfonos móviles y dispositivos conectados a internet.
La seguridad se ha convertido en una forma de gobernar en el Kremlin, con Putin dedicando la mayor parte de su tiempo a la guerra y a reuniones con responsables militares y de los servicios de inteligencia. Las cuestiones de política interna han quedado relegadas, y el presidente ruso se mueve menos que nunca, viviendo rodeado de capas adicionales de protección.
La mayor paradoja de la guerra de Putin es que, cuando Rusia lanzó la invasión de Ucrania, el Kremlin aspiraba a proyectar una imagen de fuerza y control absoluto. Sin embargo, más de cuatro años después, el hombre que concentra más poder en el país se mueve menos que nunca y vive rodeado de una fortaleza de seguridad.
Fuente: xataka