Inicio SaludLa industria alimentaria manipula el discurso sobre la obesidad, asegura el neuroendocrinólogo Robert Lustig

La industria alimentaria manipula el discurso sobre la obesidad, asegura el neuroendocrinólogo Robert Lustig

por editor
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El doctor Robert Lustig, neuroendocrinólogo reconocido por su cruzada contra el azúcar, afirmó que la idea de “comer menos y hacer más ejercicio” es una estrategia ideada por la industria alimentaria para desviar la culpa de sus productos. Según Lustig, el verdadero responsable del aumento de la obesidad no son las calorías ni la falta de actividad física, sino la fructosa y la respuesta insulínica que genera en el organismo. El especialista lleva más de una década señalando que la industria del azúcar ha financiado investigaciones para culpar a las grasas y proteger sus intereses, una práctica que se remonta a la década de 1960.

En 1965, la Sugar Research Foundation patrocinó estudios que culpaban a las grasas saturadas de las enfermedades coronarias, exonerando al azúcar. Décadas después, documentos internos de Coca‑Cola revelaron la inversión de millones de dólares en la Global Energy Balance Network (GEBN), cuyo objetivo era “cambiar la conversación” sobre la obesidad, enfocándola en la inactividad física y no en la dieta. Estas maniobras buscan mantener la demanda de productos azucarados al desviar la atención pública y política.

La ciencia respalda la crítica de Lustig: el gasto energético diario tiene un techo fisiológico, de modo que aumentar la actividad física más allá de cierto punto no eleva significativamente el consumo calórico total. Estudios poblacionales demuestran que la explosión de la obesidad se correlaciona más con cambios en la ingesta alimentaria que con una caída drástica del ejercicio. La prevalencia de obesidad en adultos pasó de 14.5% en los años setenta a más del 40% en la actualidad, una tendencia que no se explica por la disminución del movimiento.

Lustig también denuncia la fructosa, argumentando que su metabolismo es similar al del alcohol y que golpea directamente al hígado. Sin embargo, la evidencia científica indica que, en dosis habituales, el intestino delgado absorbe alrededor del 90% de la fructosa, evitando que llegue al hígado en cantidades dañinas. Sólo el consumo excesivo de fructosa añadida supera la capacidad intestinal y genera efectos hepáticos adversos. Por lo tanto, la fruta entera no representa el mismo riesgo que los azúcares refinados.

El modelo insulínico propuesto por Lustig sostiene que reducir la insulina disminuye el apetito y aumenta la actividad física de forma automática. Para ilustrarlo, cita un estudio piloto con octreotida, un fármaco que suprime la insulina, donde algunos pacientes redujeron su ingesta de carbohidratos. No obstante, el ensayo carecía de grupo de control y resultados posteriores mostraron una pérdida de peso mínima del 2% frente al placebo, sin cambios significativos en la dieta.

En conclusión, las declaraciones de Lustig ponen en evidencia la manipulación del discurso sobre la obesidad por parte de la industria alimentaria y resaltan la necesidad de políticas públicas que apunten a la calidad de la dieta, no solo al ejercicio. Mientras tanto, la comunidad científica sigue investigando el papel de la fructosa y la insulina en la regulación del peso corporal, con la esperanza de ofrecer estrategias más efectivas y basadas en evidencia.

Fuente: Xataka

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