En el invierno de 1518, la ciudad de Estrasburgo, entonces parte del Sacro Imperio Romano Germánico, fue sacudida por un fenómeno inexplicable que dejó a cientos de habitantes bailando sin descanso. Todo comenzó el 12 de julio, cuando una mujer conocida como “Margarita” salió a la calle y empezó a moverse al ritmo de una música que nadie escuchaba. En cuestión de horas, su comportamiento contagió a otras diez personas, y al cabo de una semana, el número de bailarines superó los 400, según crónicas de la época.
Las autoridades locales, desconcertadas, recurrieron a la Iglesia y a los médicos para buscar una explicación. Los religiosos la describieron como una posesión demoníaca, mientras que los médicos de la Universidad de Estrasburgo la atribuyeron a una “fiebre del baile”, una forma de histeria colectiva provocada por el estrés y la pobreza. Se ordenó que los afectados fueran llevados al patio del ayuntamiento para que continuaran bailando hasta el agotamiento, con la esperanza de que el cansancio pusiera fin al episodio.
Sin embargo, la solución no resultó y varios de los bailarines murieron por golpes, agotamiento o incluso por ataques cardíacos. La medida más drástica fue la quema de hierbas aromáticas y la imposición de rezos, intentando ahuyentar lo que se creía una maldición. A medida que la noticia se difundía, otras ciudades del norte de Europa reportaron casos similares, aunque en menor escala, lo que alimentó la creencia de una epidemia sobrenatural.
Los historiadores contemporáneos han buscado explicaciones más racionales. Algunos sugieren que la ingestión de ergot, un hongo que crece en el centeno y produce alucinógenos, pudo haber desencadenado convulsiones y comportamientos compulsivos. Otros apuntan a la presión social y a la falta de alimentos, factores que podrían haber generado una crisis psicológica masiva, conocida hoy como trastorno de conversión.
El episodio de 1518 ha sido objeto de múltiples estudios en psicología y sociología, sirviendo como caso paradigmático de histeria colectiva. La falta de registros médicos precisos dificulta confirmar la hipótesis del ergot, pero el consenso actual señala una combinación de factores ambientales, culturales y psicológicos. Lo que sí es indiscutible es el impacto que tuvo en la población: la interrupción de la vida cotidiana, el temor a lo inexplicable y la respuesta autoritaria que marcó la historia de la ciudad.
Hoy, más de cinco siglos después, el “baile de Estrasburgo” sigue fascinando a investigadores y al público. La historia nos recuerda cómo la incertidumbre y el miedo pueden desencadenar comportamientos masivos, y cómo la ciencia busca siempre desentrañar los misterios que la humanidad ha vivido.
En conclusión, el brote de baile de 1518 no solo fue un episodio curioso, sino una ventana a la vulnerabilidad humana ante crisis sociales y psicológicas, subrayando la importancia de la investigación multidisciplinaria para comprender fenómenos aparentemente sobrenaturales.
Fuente: Xataka