Durante la Segunda Guerra Mundial, el gobierno británico buscó cualquier vía para conocer los planes militares de la Alemania nazi. En lugar de interrogatorios tradicionales, ideó una estrategia más sutil: alojar a altos oficiales alemanes en la opulenta residencia de Trent Park, al norte de Londres, y escucharlos sin que lo supieran. La mansión, antes propiedad del político y coleccionista Sir Philip Sassoon, había albergado a figuras como Charlie Chaplin y Winston Churchill; tras su muerte en 1939, el Estado la requisó para convertirla en un centro de inteligencia.
El proyecto, dirigido por Thomas Kendrick, jefe del Servicio de Inteligencia Militar, instaló micrófonos ocultos en macetas, lámparas, mesas de billar y hasta en los árboles del jardín. Los cables conducían a salas subterráneas donde operaban los “secret listeners”, quienes vigilaban las conversaciones día y noche. Entre 1942 y 1945, 84 generales y 22 oficiales de menor rango fueron alojados allí, disfrutando de biblioteca, clases de inglés, asistentes militares y excursiones externas, todo bajo la apariencia de un tratado de privilegio.
Para intensificar la confianza, los británicos inventaron al ficticio Lord Aberfeldy, un aristócrata escocés que se presentaba como responsable del bienestar de los prisioneros y mostraba una supuesta admiración por Hitler. Interpretado por un joven oficial, el personaje lograba que los alemanes se relajaran y compartieran detalles confidenciales sin sospechar la vigilancia. Cuando el argot alemán resultaba incomprensible, el equipo recurrió a refugiados judíos y checoslovacos que hablaban el idioma y podían traducir en tiempo real.
La información obtenida resultó crucial. Los micrófonos captaron datos sobre los sistemas de navegación de los bombarderos alemanes y, lo más importante, revelaron aspectos del programa de armas V, incluyendo referencias al cohete V‑2. Estos hallazgos se combinaron con el descifrado de códigos en Bletchley Park y ayudaron a identificar el centro de investigación de Peenemünde, objetivo de los bombardeos de la RAF en 1943. El retraso en el desarrollo de los V‑1 y V‑2 tuvo consecuencias directas en la defensa de Londres y en la planificación del desembarco de Normandía.
Más allá de la tecnología, las conversaciones también expusieron confesiones sobre crímenes de guerra, como la participación del general Dietrich von Choltitz en la liquidación de judíos. Sin embargo, el Reino Unido optó por no usar esas grabaciones en los juicios posteriores para proteger su método de espionaje, que consideraba vital frente a la emergente amenaza soviética.
Trent Park siguió operando como centro de escucha hasta noviembre de 1945. Hoy la mansión funciona como el museo “Trent Park House of Secrets”, conservando parte del cableado original. La historia muestra cómo la astucia británica logró infiltrarse en la mente de los generales nazis sin disparar un solo tiro, simplemente escuchando sus propias palabras en un entorno de lujo.
Fuente: xataka