En 2019, la pequeña comunidad pesquera de Sommarøy, a 56 km al oeste de Tromsø, se convirtió en el foco de los medios internacionales al anunciar una propuesta tan singular como polémica: abolir el tiempo durante los 69 días de verano en que el sol nunca se pone. La iniciativa, que incluía colgar relojes de un puente y presentar una petición al Parlamento noruego, fue presentada como un movimiento espontáneo de los residentes que deseaban vivir sin la referencia constante de la hora.
Sin embargo, la realidad resultó ser muy distinta. La campaña fue orquestada por Innovation Norway, la agencia estatal encargada de promocionar el turismo, que buscó crear un atractivo único para atraer visitantes. Algunos isleños firmaron la petición, pero muchos otros ni siquiera estaban informados del proyecto, lo que generó confusión y escepticismo entre la población local. Cuando la participación del gobierno salió a la luz, el director de la agencia se vio obligado a disculparse públicamente y los relojes fueron retirados del puente.
A pesar del desengaño, la idea de un “día sin tiempo” sigue capturando la imaginación. Sommarøy está situada por encima del Círculo Polar Ártico, lo que le brinda veranos de luz diurna continua desde mediados de mayo hasta finales de julio, y oscuros inviernos donde el sol nunca asoma. Esta particularidad ya hace que la percepción del tiempo sea diferente para los habitantes, que adaptan horarios de trabajo, escuela y comercio a la ausencia de luz y sombra.
Para comprobar cómo se siente realmente vivir bajo el sol de medianoche, la periodista de la BBC viajó al pueblo. Al llegar en autobús, describió el paisaje de casas sobre pilotes, puertos estrechos y montañas nevadas que contrastan con el mar del Atlántico Norte. Allí conoció a turistas como Ewa Kaczyński, quien había acudido atraída por la campaña y descubrió que, aunque al principio la falta de horarios resultó desconcertante, la ausencia de presión temporal le permitió relajarse y desconectar del ritmo frenético de su vida cotidiana.
Los lugareños, aunque ahora más acostumbrados al flujo turístico, siguen guardando cierta reticencia. Un empleado anónimo de hotel explicó que, antes de la campaña, la vida ya estaba marcada por la luz constante en verano, con tiendas que cerraban cuando el dueño iba a pescar y niños que dormían más tarde por la falta de clases. La polémica sirvió, sin embargo, para poner a Sommarøy en el mapa y atraer a viajeros en busca de una experiencia diferente.
Al final, la visita nocturna al Sommarøy Arctic Hotel reveló la ironía del experimento: sin relojes, el silencio y la luz perpetua crean una sensación de atemporalidad que, aunque efímera, invita a reflexionar sobre la dependencia humana del tiempo y la posibilidad de, al menos por unos días, vivir fuera de él.
Fuente: Bbc