Un equipo internacional de biólogos ha confirmado que la Saxifraga candelabrum, una pequeña planta alpina que crece en rocosas zonas de México y Europa, captura y digiere insectos, cumpliendo con todos los criterios de una planta carnívora. El hallazgo, publicado a principios de agosto, cierra un capítulo que Charles Darwin dejó inconcluso en su obra *Insectivorous Plants* de 1875, donde sospechó que ciertas saxífragas podían atrapar insectos pero nunca logró probarlo.
Para que una planta sea considerada carnívora, no basta con que un insecto quede atrapado por accidente; debe atraer a sus presas mediante compuestos volátiles, disponer de estructuras especializadas para la captura y producir enzimas digestivas. Los investigadores analizaron 45 especímenes históricos de S. candelabrum conservados en herbarios y encontraron insectos adheridos a 43 de ellos, evidencia de una atracción activa y de una trampa pegajosa formada por pelos glandulares.
Los pelos glandulares de la saxífraga secretan fosfatasa, una enzima capaz de descomponer los tejidos de los insectos y liberar nitrógeno y fósforo, nutrientes escasos en su hábitat rocoso. En experimentos de laboratorio, los científicos marcaron moscas de la fruta con nitrógeno‑15 y demostraron que la planta incorporó este isótopo en sus tejidos, confirmando la absorción y utilización de los nutrientes de sus presas.
Este descubrimiento tiene repercusiones más amplias que la simple corrección de la lista de Darwin. Es la primera especie carnívora identificada dentro del orden de las saxifragales, lo que amplía el árbol filogenético de plantas carnívoras y sugiere que la capacidad de devorar insectos ha surgido de manera independiente en distintas líneas evolutivas. El estudio reveló una convergencia genómica: al comparar el ADN de S. candelabrum con el de otras carnívoras emblemáticas, como la Venus atrapamoscas y la Drosera, se encontraron mutaciones y rutas metabólicas similares, pese a su origen evolutivo separado.
Los autores advierten que aún pueden existir más especies carnívoras ocultas a simple vista, especialmente en ecosistemas extremos donde la escasez de nutrientes favorece adaptaciones tan drásticas. La investigación abre la puerta a nuevas exploraciones botánicas y a la revisión de colecciones herbarias históricas con técnicas genómicas modernas.
En definitiva, la ciencia ha dado la razón a Darwin después de 150 años, demostrando que la naturaleza sigue guardando sorpresas bajo la apariencia más inocente. El hallazgo no solo enriquece nuestro conocimiento de la biodiversidad, sino que también refuerza la idea de que la evolución puede encontrar soluciones paralelas a problemas similares, aun en grupos de plantas que antes se consideraban distantes de la carnivoría.
Fuente: Xataka