En 1402, los nobles franceses Jean de Béthencourt y Gadifer de La Salle desembarcaron en la zona hoy conocida como el barranco de Los Pozos, en Lanzarote, con la intención de conquistar, evangelizar y colonizar las Islas Canarias. Tras establecerse, dos años después una bula papal elevó el asentamiento a ciudad y diócesis bajo el nombre de San Marcial de Rubicón. La urbe prosperó brevemente, pero alrededor de 1480 sus habitantes abandonaron el lugar, trasladándose a Teguise para escapar de los ataques piratas, dejando tras de sí una única ocupación del siglo XV.
El proyecto arqueológico Rubicón, liderado por las universidades de Las Palmas de Gran Canaria y La Laguna, concluyó recientemente en Yaiza con el hallazgo de dos pozos desconocidos, una tercera estructura hidráulica, un almacén de cal y una posible plaza frente a la iglesia. Estos descubrimientos, aunque modestos en número, revelan la compleja logística que permitió a una pequeña comunidad subsistir en una isla prácticamente desprovista de ríos y recursos hídricos.
Según la historiadora María del Cristo González, los conquistadores eligieron ese punto porque ofrecía un puerto natural, terreno fácil de fortificar y, sobre todo, una fuente de agua dulce, el pozo de San Marcial. Estudios del pozo, publicados en 2022, mostraron que las bóvedas fueron construidas con madera y mortero de cal y arena, con una rampa para animales, una técnica que no corresponde a la arquitectura romana ni fenicia, como se había especulado antes.
Los análisis de cerámica levantina medieval y monedas castellanas halladas en el sitio confirman que los pozos fueron utilizados por los colonos del siglo XV, descartando teorías sobre su origen fenicio‑púnico. La cal, elemento esencial para la construcción, se producía en un horno tallado en la roca, descubierto en 2024 y considerado el primer horno de cal excavado en Lanzarote. Este horno, de tres metros de diámetro, contenía la última carga de piedra calcinada, lo que permite recrear el proceso de fabricación del material básico para levantar la ciudad.
Entre los hallazgos también destacan monedas castellanas de Enrique III con una contramarca en forma de B gótica, vinculada casi con certeza a Béthencourt, y restos de escoria metálica que indican la presencia de una fragua. La coexistencia de cerámica indígena y colonial sugiere una convivencia limitada entre los colonos y la población nativa.
El equipo de excavación estima haber descubierto apenas una décima parte de la urbe original; las proyecciones apuntan a una ciudad mucho más extensa, con numerosas casas, talleres y estructuras públicas aún por desenterrar. Cada nuevo hallazgo aporta valiosa información sobre cómo una sociedad europea logró adaptarse y prosperar en un entorno tan árido como Lanzarote hace seis siglos.
Fuente: xataka