En una semana, dos naciones separadas por casi diez mil kilómetros celebrarán elecciones que, según analistas, tendrán repercusiones más allá de sus fronteras. Israel votó este martes para renovar su Knesset, mientras que Estados Unidos elegirá un nuevo Congreso el 5 de noviembre. Aunque la distancia física sugiere independencia, los intereses estratégicos y económicos de ambos países están entrelazados, especialmente en torno a la conflictiva cuestión iraní.
La campaña israelí está dominada por el primer ministro Benjamin Netanyahu, quien ha usado la amenaza de Irán como argumento central para reforzar su imagen de líder de seguridad. Tras los ataques de Hamás del 7 de octubre, Netanyahu busca capitalizar el miedo a un posible ataque iraní, pese a la falta de pruebas concretas. Su rival, el exjefe militar Gadi Eisenkot, también reconoce la amenaza, pero advierte contra la manipulación de la guerra con fines electorales.
En Washington, el presidente Donald Trump ha manifestado su apoyo a Netanyahu y ha insinuado que, una vez concluida la contienda electoral, podría impulsar una ofensiva contra Irán. Sin embargo, fuentes indican que el propio Trump habría frenado cualquier acción militar antes de las elecciones para evitar que la subida de los precios del petróleo perjudicara a los votantes estadounidenses. La posibilidad de que un nuevo Congreso, quizás con mayor control demócrata, limite la ayuda militar a Israel y sancione a Irán, añade incertidumbre al tablero estratégico.
Una curiosa conexión física se da en la comunidad de ciudadanos con doble nacionalidad. El grupo Republicanos en el Extranjero de Israel estima que medio millón de israelíes con pasaporte estadounidense podrían votar por correo desde Tel Aviv, influyendo en contiendas reñidas como el Senado de Michigan, donde se proyectan alrededor de diez mil votos.
Económicamente, la guerra en Oriente Medio ha elevado los precios de la energía y ha afectado el costo de vida, tema central en ambas campañas. En Israel, la inflación y los salarios estancados presionan al gobierno, mientras que en EE.UU. el debate sobre sanciones a Rusia y la política energética se entrelaza con la lucha contra el poderío iraní en el estrecho de Ormuz.
El desenlace de estas urnas podría redefinir la relación bilateral. Si Netanyahu pierde, Israel podría buscar una política exterior menos dependiente de Washington, mientras que un Congreso controlado por los demócratas podría recortar la asistencia militar israelí. Por el contrario, una victoria de Trump y Netanyahu consolidaría una postura belicista que mantendría la tensión en la región y seguiría impactando los mercados globales.
En última instancia, la combinación de intereses geoestratégicos, económicos y la presencia de votantes binacionales convierte a estas elecciones en un punto de inflexión para la estabilidad del Medio Oriente y la economía mundial.
Fuente: Bbc