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La campana del Zar: el gigante de bronce del Kremlin que nunca sonó

por editor
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En el corazón del Kremlin de Moscú se erige la Campana del Zar, una pieza de casi 202 toneladas de bronce que lleva más de 291 años sin emitir el sonido para el que fue concebida. El monumento, encargado por la emperatriz Ana Ióannovna en 1730, buscaba superar a los dos gigantes anteriores que la historia había perdido en incendios, y demostrar la potencia del imperio ruso. Sin embargo, un accidente inesperado la condenó al silencio, convirtiéndola en uno de los curiosos símbolos de la ambición desmedida.

La obra nació de la determinación de Ana de crear una campana que duplicara el peso de su predecesora, rondando las 100 toneladas, y que fuera la más grande jamás fundida. Los maestros fundidores rusos Iván Motorin y su hijo Mijaíl diseñaron un pozo de fundición de diez metros de profundidad en la plaza Ivanóvskaya. Tras varios intentos fallidos y la muerte de Iván en 1735, el hijo culminó el vertido el 25 de noviembre de 1735, logrando paredes de 61 centímetros de grosor y relieves barrocos que retrataban a la emperatriz y al zar Alejandro Mijáilovich.

El destino de la campana cambió drásticamente en mayo de 1737, cuando un incendio se propagó por el Kremlin. El agua fría utilizada para apagar las llamas cayó sobre el bronce aún caliente, provocando un enfriamiento desigual y la aparición de grietas. Dos de esas fracturas se unieron y desprendieron un fragmento de 11,5 toneladas, dejando la pieza principal dañada e imposible de colgar en un campanario.

Durante casi un siglo la campana quedó atrapada en el pozo de fundición, pese a varios intentos de extracción en 1792, 1819 y durante la ocupación napoleónica de 1812. Fue en 1836 cuando el arquitecto francés Auguste de Montferrand diseñó un sistema de elevación que permitió sacarla a la superficie y colocarla sobre un pedestal de piedra cerca del campanario de Iván el Grande, acompañada del fragmento desprendido que aún se exhibe.

A lo largo de los siglos la Campana del Zar se convirtió en un símbolo de poder sin utilidad práctica. En 2016, investigadores de la Universidad de California en Berkeley, Stanford y la Universidad de Michigan, bajo la dirección del artista Greg Niemeyer, simularon digitalmente su sonido. Las simulaciones indicaron una frecuencia fundamental de 81 hertz, comparable al retumbar de una tormenta distante, y reprodujeron el tono mediante doce altavoces en una presentación académica.

Hoy la campana sigue expuesta en el Kremlin como testimonio de la maestría metalúrgica del siglo XVIII y del accidente que la silenció. Su enorme masa, su ornamentación barroca y el fragmento de 11,5 toneladas que descansa a su lado recuerdan a los visitantes que, aunque Rusia logró fundir la campana más grande del mundo, la historia la relegó a la eternidad del silencio.

Fuente: Xataka

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