El pasado 15 de octubre, en la base de SpaceX en Texas, Elon Musk volvió a robar titulares al presentar el nuevo Tesla Roadster. En vez de una charla técnica, el evento se convirtió en un espectáculo de acrobacias: el coche fue elevado a más de 60 metros, giró en el aire y aterrizó usando cañones de aire comprimido, para luego saltar sobre cinco automóviles y un camión. La coreografía buscó, ante todo, reforzar la imagen de Tesla como una empresa de alta tecnología, más que revelar datos concretos del vehículo.
La puesta en escena contrasta con la de Porsche, que ese mismo día lanzó su concepto Mission S con una presentación tradicional y sobria. Mientras Porsche mostró diseños y especificaciones, Tesla optó por un truco visual que recordó a los lanzamientos de smartphones o consolas de videojuegos, donde la expectación se genera antes que la información técnica. Este enfoque ha permitido a la compañía vender millones de unidades sin invertir en publicidad convencional, confiando en el poder de los eventos virales.
En la práctica, los detalles del Roadster siguen siendo escasos. Tesla anunció una reserva de 50,000 dólares para el modelo biplaza descapotable, y una opción premium con ventiladores bajo el chasis que costaría 250,000 dólares. No se reveló el precio final ni la autonomía exacta, aunque los números presentados son inferiores a los prometidos hace una década, cuando se anunciaba una versión 2+2 con mayor aceleración y rango.
La producción está prevista para 2028, ocho años después de la fecha inicial anunciada para 2020. Mientras tanto, la compañía también insinuó que el Roadster no será homologable para circular por la vía pública, lo que sugiere que el vehículo podría quedar relegado a usos de exhibición o pistas cerradas. Esta incertidumbre alimenta la especulación sobre la posible fusión de Tesla y SpaceX, tema que ha circulado en bancos de inversión como Barclays y JP Morgan.
Más allá del automóvil, el show sirvió para demostrar la capacidad de Tesla de miniaturizar cañones de aire y controlar la levitación del vehículo, una hazaña que refuerza su reputación en inteligencia artificial y sistemas de control autónomo. Al evitar la presencia de un conductor humano, la empresa subraya la confianza en sus algoritmos y reduce el riesgo de fallos durante la demostración.
En conclusión, el Roadster presentado en Texas fue menos un nuevo modelo y más una estrategia de marketing diseñada para mantener a Tesla en el centro de la conversación global. El espectáculo logró su objetivo: la marca sigue siendo sinónimo de innovación, aunque el producto concreto aún permanezca en el aire de la incertidumbre.
Fuente: Xataka