El mar Mediterráneo se ha convertido en uno de los focos más críticos de contaminación plástica a nivel mundial. Cada año se vierten entre 150,000 y 610,000 toneladas de residuos sintéticos, según estimaciones de la UICN, lo que equivale a una carga enorme para un ecosistema ya vulnerable. Los medios suelen señalar a Egipto, Italia y Turquía como los principales culpables, pero los datos revelan una imagen más compleja y matizada.
El informe de la UICN de 2020 indica que Egipto aporta 74,031 toneladas, Italia 34,309 y Turquía 23,966 toneladas al año. Juntos representan poco menos del 58% del total estimado, pero no constituyen una mayoría absoluta. Cuando se analizan las emisiones per cápita, aparecen países más pequeños como Montenegro, Albania, Bosnia‑Herzegovina y Macedonia del Norte como los mayores emisores por habitante, superando los 8 kg anuales.
Estudios complementarios aportan mayor contexto. Un trabajo de la Universidad de Cádiz, basado en muestreos de campo, detectó hasta 3,000 toneladas de plástico flotante en el Mediterráneo. Por su parte, el modelo de Kaandorp estimó que en 2015 ingresaron entre 2,100 y 3,400 toneladas, de las cuales entre el 49% y el 63% terminaron en las costas y el resto se hundió en el lecho marino. Estas cifras demuestran que la mayoría del plástico proviene de fuentes terrestres cercanas a la costa.
La contaminación costera es particularmente visible en la ribera catalana, donde se acumulan grandes cantidades de desechos arrastrados por ríos y escorrentías. Este fenómeno no solo afecta la estética de las playas, sino que también tiene consecuencias ecológicas graves: los microplásticos son ingeridos por la fauna marina, con tasas de ingestión del 47% en sardinas, 14% en anchoas y 57% en boga, según la UICN.
El impacto en la cadena alimentaria humana aún es incierto, ya que todavía no existen estudios concluyentes sobre los efectos de los microplásticos en la salud humana. Sin embargo, la presencia de estos contaminantes en especies de consumo frecuente genera preocupación y subraya la necesidad de políticas preventivas más robustas.
En conclusión, responsabilizar exclusivamente a los grandes países mediterráneos es simplificar una problemática que involucra a toda la región. Las soluciones deben abordar tanto la gestión de residuos urbanos como la infraestructura de reciclaje, y fomentar la cooperación transfronteriza para reducir la carga plástica que amenaza al Mediterráneo.
Fuente: xataka