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Agricultura sin arado: la revolución silenciosa que protege el suelo

por editor
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En la provincia de Santa Fe, Argentina, una familia lleva más de ocho décadas practicando la siembra directa, una técnica que elimina el arado y conserva la capa superficial del terreno. Ignacio Uranga y Nicolasa Montaner adquirieron en 1857 cinco mil hectáreas para criar ovejas, pero pronto incorporaron vacas y trigo. Para los años 80, la sobreexplotación provocó la pérdida de suelo cada temporada de lluvias, obligando a los agricultores a arar sobre piedra para seguir cultivando. Fue entonces cuando decidieron abandonar el arado, una medida considerada un anatema en la agricultura tradicional.

La siembra directa consiste en sembrar sin remover la tierra, dejando el rastrojo en su lugar para amortiguar la lluvia, reducir la escorrentía y disminuir la evaporación. Estudios internacionales, como los recopilados por el ingeniero David Montgomery en 2007, demuestran que los campos arados pierden suelo entre diez y cien veces más rápido de lo que la naturaleza puede regenerarlo. Este problema no es exclusivo de la zona de Rosario; se extiende a nivel global, afectando la productividad y la sostenibilidad de los suelos agrícolas.

En España, la primera evaluación oficial de la técnica mostró que la erosión en cultivos de secano se redujo a menos de la mitad y se ahorraron 33,8 millones de litros de gasóleo al año. Además, cuando se aplica correctamente, la siembra directa puede incrementar el rendimiento en un 7,3 %. Sin embargo, su adopción ha sido limitada porque las malas hierbas permanecen y compiten con los cultivos, lo que obliga a depender de herbicidas químicos.

El uso intensivo de herbicidas genera resistencia en las plantas y reduce la eficacia de los productos, mientras que la maquinaria pesada compacta el suelo al pasar repetidamente sin airearlo. La agricultura de conservación, que combina tres pilares –mínimo movimiento del suelo, cobertura permanente y rotación de cultivos–, ofrece una solución integral. Agro Uranga, la empresa familiar que lidera este modelo en Argentina, se ha convertido en un “estándar dorado” al aplicar las tres prácticas de manera equilibrada.

En muchos lugares, la tendencia ha sido simplemente abandonar el arado y sustituirlo por aplicaciones masivas de glifosato, una estrategia que ha demostrado ser insostenible y dañina para el medio ambiente. La ventana de oportunidad que brindaron los avances tecnológicos del siglo XIX y XX se está cerrando si no se adoptan prácticas más responsables y se invierte en investigación biotecnológica que mejore la gestión de plagas sin depender exclusivamente de químicos.

La experiencia de Agro Uranga muestra que la revolución silenciosa de la siembra directa ya está en marcha y podría marcar el futuro de la agricultura mundial, siempre que se acompañe de una gestión integral del suelo y se evite la dependencia exclusiva de herbicidas.

Fuente: xataka

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