En 1980 el último tren que cruzó la High Line de Manhattan transportaba tres vagones cargados de pavos congelados. Ese viaje marcó el fin de más de medio siglo de ferrocarril industrial que servía para mover alimentos y mercancías por el West Side, evitando los frecuentes accidentes de la llamada “Death Avenue”. La vía, elevada a nueve metros sobre la calle, quedó abandonada y, sin mantenimiento, empezó a convertirse en un experimento natural involuntario en pleno corazón de la ciudad.
Durante los siguientes veinte años el viento, las aves y los curiosos visitantes depositaron semillas entre el acero y el balasto. Surgieron hierbas, flores silvestres, arbustos y hasta árboles capaces de resistir el sol intenso y la escasez de agua. Los botánicos documentaron 161 especies de plantas vasculares, además de líquenes y briófitos, y el corredor empezó a ofrecer refugio a aves migratorias y polinizadores, convirtiéndose en una pequeña pradera urbana suspendida.
En 1999, cuando los propietarios locales presionaban para demoler la estructura y aprovechar el terreno, dos vecinos, Joshua David y Robert Hammond, descubrieron la inesperada vegetación durante una reunión vecinal. Las imágenes de Joel Sternfeld mostraron el oasis verde entre Chelsea y el Meatpacking District, capturando la atención de la ciudadanía. Así nació Friends of the High Line, una organización que buscó salvar el viaducto y transformarlo en un parque público elevado.
La campaña enfrentó una fuerte oposición política y empresarial que veía en la demolición una forma de aumentar el valor inmobiliario. Sin embargo, la movilización logró revertir la decisión, sobreviviendo a una orden de demolición bajo la administración de Rudy Giuliani y obteniendo el apoyo del alcalde Michael Bloomberg. Una competición internacional ofreció propuestas extravagantes, desde una montaña rusa hasta una piscina de dos kilómetros, pero el proyecto de James Corner Field Operations, Diller Scofidio + Renfro y el paisajista Piet Oudolf optó por preservar la esencia del ecosistema espontáneo.
Convertir la High Line en un parque requería una enorme obra de ingeniería: reparación del acero, eliminación de pintura con plomo, impermeabilización, drenaje y accesibilidad para los visitantes. Gran parte de la vegetación original desapareció, pero Oudolf se inspiró en ella para diseñar un jardín de plantas resistentes, hierbas altas y flores aparentemente desordenadas que recuerdan el crecimiento salvaje del pasado.
La primera sección se inauguró en 2009, exactamente 29 años después del último transporte de pavos, y las ampliaciones posteriores extendieron el parque a 2.3 kilómetros. Hoy la High Line recorre Manhattan siguiendo el trazado industrial original, ofreciendo a millones de personas una vista única entre edificios y el río Hudson. La gran idea no surgió de un estudio de arquitectura, sino del abandono y la capacidad de la naturaleza para reinventar espacios urbanos.
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Fuente: Xataka