En 1974 científicos descubrieron que los clorofluorocarbonos (CFC) de aerosoles y refrigerantes permanecían en la atmósfera entre 40 y 150 años. Al llegar a la estratosfera, se descomponían y liberaban átomos de cloro, catalizadores que destruyen el ozono, elemento esencial para bloquear la radiación ultravioleta.
Los investigadores advirtieron que, sin control, el ozono podría reducirse entre un 7 y 13 por ciento, incrementando dramáticamente los casos de cáncer de piel y otros problemas de salud. La alerta se confirmó en 1985 cuando la British Antarctic Survey observó una pérdida estacional masiva de ozono sobre la Antártida, el fenómeno que hoy llamamos “agujero de la capa de ozono”.
Frente a la amenaza, la comunidad internacional adoptó el 16 de septiembre de 1987 el Protocolo de Montreal. Este tratado fijó un calendario riguroso para eliminar la producción y el consumo de sustancias que agotan la capa de ozono, como los CFC‑11 y CFC‑12. La ratificación fue casi universal y, hasta la fecha, se ha eliminado más del 99 por ciento de la producción de estos compuestos, un logro sin precedentes en la diplomacia ambiental.
Sin embargo, el camino no estuvo exento de obstáculos. A partir de 2012 la concentración global de CFC‑11 dejó de bajar al ritmo esperado y se detectó un aumento de 13 gigagramos al año, pese a que la producción declarada era casi nula. Estudios realizados con estaciones en Corea del Sur y Japón localizaron la mayor parte de esas emisiones en el este de China, donde la producción clandestina representaba entre el 40 y el 60 por ciento del incremento entre 2014 y 2017.
La respuesta fue rápida. Entre 2018 y 2019 las emisiones globales de CFC‑11 cayeron 18 gigagramos anuales, y las provenientes de China oriental disminuyeron 10 gigagramos al año, devolviendo la tendencia de recuperación del ozono a la senda prevista. Este esfuerzo conjunto mostró la efectividad de la vigilancia atmosférica y la voluntad política para corregir desviaciones.
Los resultados son visibles. En la temporada antártica de 2025 el agujero de ozono fue el quinto más pequeño registrado desde 1992, con una superficie media de 18,71 millones de km² y una desaparición tres semanas antes que el promedio de la última década. Análisis de 15 años confirma que el aumento del ozono desde 2005 se debe mayormente a la caída de sustancias dañinas, evidenciando que la capa se está cerrando gradualmente.
Este caso ejemplifica cómo la ciencia, la cooperación internacional y la vigilancia continua pueden revertir daños ambientales críticos. El éxito del Protocolo de Montreal sirve de modelo para futuros acuerdos climáticos, recordándonos que la acción colectiva puede salvar al planeta de amenazas que antes parecían inevitables.
Fuente: xataka