En la ciudad de Hirosaki, al norte de Japón, una restauración patrimonial ha tomado un giro inesperado: miles de personas tiran de cuerdas para desplazar el torreón del castillo Tsugaru, una estructura de 360 toneladas declarada Bien Cultural Importante. La iniciativa, lanzada por el ayuntamiento, buscó 1.800 voluntarios para dos jornadas de trabajo, pero recibió cerca de 8.000 solicitudes, provenientes de distintas regiones del país y del extranjero, lo que demuestra el atractivo global de este acto simbólico.
La técnica utilizada, conocida como hikiya, es un método tradicional japonés que permite trasladar edificios completos sin desarmarlos. El castillo se coloca sobre un sistema de raíles y rodillos; los voluntarios, organizados en grupos de unos 80, sujetan cuerdas de unos 30 metros y tiran al unísono al grito de “so‑re”, que funciona como un motivador colectivo. En el primer fin de semana de la campaña, lograron mover la torreón 1,13 metros el sábado y 1,09 metros el domingo, avances modestos pero reales que fueron celebrados por adultos y niños participantes.
El origen de la obra se remonta a 1983, cuando un fuerte terremoto deformó la muralla de piedra que sostiene el torreón, generando el temor de un colapso. La solución fue retirar el edificio para trabajar bajo sus cimientos. En 2015 se realizó el primer traslado mediante hikiya, durante el cual se identificaron y reinstalaron más de 2.100 piedras de la muralla. La fase actual completa el regreso del castillo a su posición original, un proceso que se extenderá hasta finales de 2024.
Lo singular de esta edición es la reincidencia de los mismos ciudadanos que ayudaron en 2015. Muchos han viajado cientos de kilómetros para volver a participar, e incluso familias han incluido a sus hijos, que eran demasiado pequeños la primera vez. Para una población de 157.000 habitantes, la experiencia se ha convertido en un orgullo colectivo: pueden afirmar que, con sus propias manos, contribuyeron a preservar uno de los monumentos más emblemáticos de la región.
Aunque la fase manual solo cubre unos cinco metros del desplazamiento total, el resto –aproximadamente 73 metros– será ejecutado por maquinaria especializada. La participación popular, sin embargo, tiene un valor simbólico y práctico, pues la fuerza combinada de decenas de personas es suficiente para mover la estructura paso a paso, sin comprometer su integridad.
Una vez reinstalado, el castillo iniciará una nueva etapa de conservación que implicará su cierre durante varios años, con una reapertura prevista para 2033. El proyecto no solo protege el patrimonio histórico, sino que también refuerza el vínculo entre la comunidad y su legado cultural, demostrando que la tradición y la tecnología pueden trabajar de la mano.
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Fuente: xataka