El miércoles 27 de septiembre, una serie de inundaciones repentinas arrasó el distrito de Nuwakot, en el norte de Nepal, dejando al menos 794 muertos y cientos de desaparecidos. En medio del caos, el director de la escuela secundaria Tribhuvan Trishuli, Rajendra Dawadi, logró evacuar a unos 900 alumnos minutos antes de que el agua alcanzara las aulas, evitando una tragedia mayor.
A las 09:10 hora local, Dawadi recibió cuatro llamadas de alerta provenientes de padres y residentes que advertían sobre la inminente crecida del río Trishuli. Con la información en mano, tomó la decisión de ordenar la evacuación inmediata, pidiendo a los estudiantes que se dirigieran a un terreno más elevado y solicitando a los autobuses escolares que dieran la vuelta para alejarse de la zona de riesgo. “Si hubiéramos tardado diez minutos más, ninguno de nosotros estaría aquí hablando”, declaró el director, subrayando la rapidez de su accionar.
Los niños, entre los que se encontraba la estudiante de 16 años Yunisha Amatya, corrieron hacia una escalera trasera de la escuela y ascendieron por una empinada cuesta. Amatya recordó que apenas diez segundos separaron su escape del momento en que el agua cubrió el patio y el mercado local adyacente. “Mis amigos me ayudaron a subir, y en un instante el bazar desapareció ante mis ojos”, relató, añadiendo que varios compañeros se desmayaron al comprender la magnitud del desastre.
Una vez fuera de la zona inundada, los estudiantes y el personal escolar se desplazaron varios cientos de metros cuesta arriba, buscando refugio en un pueblo vecino. Las carreteras quedaron cortadas y el transporte interrumpido, lo que obligó a muchos a pasar dos noches aislados hasta que llegaron los equipos de rescate. Dawadi y algunos alumnos, incluido Yunisha, fueron finalmente evacuados en helicóptero hacia sus hogares al otro lado del río.
Los padres, desesperados por localizar a sus hijos, vivieron momentos de angustia extrema. La madre de Yunisha, Sabina Kumari Shrestha, intentó sin éxito contactar a su hija y a su esposo, quien corrió hacia la escuela en moto, temiendo lo peor. Cuando finalmente la llamada se completó, la emoción fue tan intensa que varios familiares rompieron a llorar. “Me sentí aliviada después de tres días”, comentó la madre, reflejando el impacto emocional de la catástrofe.
Dawadi señaló que la falta de sistemas de alerta temprana, como sirenas y avisos de evacuación, complicó la respuesta de la comunidad. Sin embargo, afirmó que su decisión de actuar sin vacilación salvó cientos de vidas y evitó una pérdida aún mayor. “Si hubiéramos cerrado la escuela después de la clase, solo habría quedado la campana sonando a las 9:30”, concluyó, recordando la fragilidad de la vida ante desastres naturales.
Fuente: Bbc