El conflicto aéreo sobre Ucrania ha cruzado una nueva barrera tecnológica: drones rusos propulsados por turbinas que vuelan a más de 400 km/h y los interceptores ucranianos que los persiguen a velocidades comparables con los autos de Fórmula 1. Según la fundación Serhiy Prytula, un interceptor de una unidad antiaérea destruyó un Geran‑5 que volaba a 425 km/h a tres kilómetros de altitud, una hazaña que sitúa al combate aéreo en un terreno antes reservado a misiles y aviones de combate.
Los modelos de origen Shahed‑136, conocidos como Geran‑2, fueron durante años lentos y fáciles de abatir con pequeños interceptores baratos. Moscú respondió introduciendo versiones a reacción: Geran‑3, Geran‑4 y Geran‑5. El Geran‑4, reforzado aerodinámicamente, alcanza entre 450 y 500 km/h y opera hasta ocho kilómetros de altura; el Geran‑5, según inteligencia ucraniana, podría superar los 600 km/h, reduciendo drásticamente el tiempo disponible para detectarlo y neutralizarlo.
Esta carrera de velocidad obliga a Kiev a replantear su estrategia de defensa. Los interceptores diseñados para drones de hélice ya no son suficientes; Ucrania ha puesto a prueba cuatro nuevos modelos, entre ellos el Sting S de Wild Hornets, que combina mayor velocidad y carga explosiva. La empresa afirma haber derribado una docena de Geran‑4 y varios Geran‑5 en pruebas, aunque estos datos aún no han sido verificados por fuentes independientes.
El aumento de la velocidad no solo implica un desafío táctico, sino también económico. Derribar drones a reacción con misiles avanzados eleva los costos y convierte la defensa en una batalla de desgaste. Por eso Ucrania busca interceptores baratos pero lo suficientemente rápidos para cazar al atacante sin gastar un misil costoso en cada intento.
Los nuevos Geran también incorporan tecnologías de comunicación y navegación más sofisticadas. Algunos llevan cámaras diurnas, nocturnas e infrarrojas, módems celulares y enlaces de vídeo en tiempo real; el Geran‑5 incluye navegación basada en imágenes del terreno, similar a la de misiles de crucero, reduciendo su dependencia del GPS.
Rusia, por su parte, intenta industrializar la producción de estas versiones, estimándose una fabricación conjunta de 3,000 unidades mensuales. La guerra de drones, que comenzó con aparatos baratos de hélice, se ha convertido en una competencia de alta tecnología donde ambos bandos desarrollan máquinas que cada vez se asemejan más a pequeños misiles de crucero, impulsando una espiral de innovación y contramedidas que redefine el combate aéreo en el siglo XXI.
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Fuente: Xataka