Un manuscrito latino del siglo XII, guardado en la Biblioteca Apostólica Vaticana, describe un fenómeno extraordinario ocurrido en el lago Iseo, en el norte de Italia: el agua del lago se elevó tanto que pocos habitantes de los pueblos circundantes lograron escapar. El documento, atribuido a Guido Pisano, menciona que el lago “creció tanto” tras un terremoto en 1117, lo que sugiere la presencia de un tsunami. Durante siglos, la causa se había atribuido exclusivamente a la sismicidad, pero un estudio internacional reciente revela una segunda pieza del rompecabezas: la actividad humana sobre el delta del río Oglio.
El equipo de investigadores, usando sondeos de sedimento, perfiles sísmicos y simulaciones numéricas, reconstruyó los dos tsunamis que se produjeron en 1117 y en 1222. El primero, generado por un sismo de magnitud 6.5, provocó el colapso de unos 62 millones de metros cúbicos del delta, creando olas de más de 50 metros que alcanzaron la orilla norte en menos de un minuto. El segundo, de magnitud 6, derrumbó alrededor de 10 millones de metros cúbicos, generando olas de 13 metros. Ambas olas arrasaron zonas de hasta 2.5 y 1 kilómetro de distancia terrestre, respectivamente.
La clave del hallazgo radica en que el delta no colapsó por el movimiento directo de la falla, sino por la erosión acumulada en su estructura. Desde la época romana, la deforestación, la agricultura intensiva y el pastoreo aumentaron el aporte de sedimentos al lago, triplicando la carga que el fondo había soportado previamente. Este exceso de material hizo que el delta se volviera inestable y propenso a fallar bajo el impulso sísmico.
El estudio advierte que el riesgo de tsunamis lacustres no depende solo de la actividad tectónica, sino también de cómo la humanidad modifica el entorno. En la actualidad, los lagos Garda, Como e Iseo albergan a más de 370,000 residentes permanentes, sin contar los millones de turistas que los visitan cada año. La erosión humana está en su nivel más alto desde la Revolución Industrial, lo que mantiene la amenaza latente.
Este fenómeno no es exclusivo de los Alpes. Registros históricos indican tsunamis en el lago Lemán en 563, en Lucerna en 1601 y, más recientemente, en lagos de Alaska en 1964 y Brienz en 1996. La síntesis de 632 eventos lacustres muestra que, aunque la probabilidad de un colapso delta‑marino es baja, sus consecuencias pueden ser catastróficas.
Los autores del estudio concluyen que la prevención pasa por gestionar la erosión y limitar actividades que aumenten la carga sedimentaria. Solo así se podrá reducir la posibilidad de que un futuro terremoto desencadene otro tsunami en estos cuerpos de agua, protegiendo a poblaciones y a la valiosa infraestructura turística de la región.
Fuente: Xataka