El 3 de enero de 1117 un fuerte sismo sacudió el norte de Italia, provocando el colapso del delta del río Oglio bajo el lago Iseo. Un manuscrito latino del siglo XII, conservado en la Biblioteca Apostólica Vaticana, relata que el lago se expandió de tal forma que pocos habitantes de los pueblos cercanos lograron escapar, describiendo una catástrofe similar a un tsunami. Un siglo después, en 1222, otro temblor volvió a desencadenar un derrumbe del mismo delta, generando una segunda ola devastadora.
Un equipo internacional de investigadores ha reconstruido ambos eventos mediante sondeos de sedimento, perfiles sísmicos y simulaciones numéricas. Los resultados indican que no fue el movimiento directo de la falla lo que generó las olas, sino la erosión acumulada del delta, intensificada por actividades humanas como la tala, la agricultura y el pastoreo desde la época romana. Ese proceso triplicó la carga de sedimentos en el lago, debilitando la estabilidad del delta y predisponiéndolo al colapso.
El sismo de 1117, de magnitud 6.5, provocó el desprendimiento de unos 62 millones de metros cúbicos de material, creando una ola de más de 50 metros que alcanzó la orilla norte en menos de un minuto y se extendió hasta 2.5 kilómetros tierra adentro. El terremoto de 1222, de magnitud 6, movilizó alrededor de 10 millones de metros cúbicos, generando olas de 13 metros y una penetración de 1 kilómetro. Entre ambos eventos, el delta se reconstruyó rápidamente, acumulando unos 5.7 millones de metros cúbicos de sedimento.
Este fenómeno no es exclusivo del lago Iseo. Registros históricos documentan tsunamis lacustres en el lago Lemán (563 d.C.), Lucerna (1601), Alaska (1964) y Brienz (1996). Una síntesis global de 632 casos muestra que la erosión inducida por el ser humano está en su nivel más alto desde la Revolución Industrial, elevando el riesgo de colapsos deltaicos en lagos de todo el mundo.
Hoy, las costas de los lagos Garda, Como e Iseo albergan a más de 370,000 residentes permanentes, sin contar los millones de turistas que visitan la zona cada año. Aunque la probabilidad de un nuevo colapso es baja, las consecuencias serían catastróficas, como lo evidencia el manuscrito medieval que describió la destrucción de castillos y aldeas.
El estudio advierte que la gestión sostenible del territorio, la reforestación y el control de la sedimentación son claves para mitigar futuros riesgos. La lección histórica del Iseo muestra que la interacción entre sismicidad y actividad humana puede desencadenar desastres naturales inesperados, recordándonos la necesidad de planificar con visión a largo plazo.
Fuente: xataka