En las agitadas calles de Bagdad, una mujer gritó al conductor que la acosaba mientras grababa el episodio con su móvil. El video, que muestra al hombre reacio a abrir la puerta y los insultos obscenos, se viralizó en la cuenta de Instagram de la activista Sarah Jassim, quien recopila testimonios visuales de acoso y agresiones sexuales contra mujeres iraquíes.
Jassim explica a la BBC que la cámara del teléfono se ha convertido en su mejor herramienta: “documentar pruebas para una posible demanda o, al menos, avergonzar al agresor”. Uno de sus videos llevó a la detención de un policía acusado de hostigar a estudiantes universitarios, pero la activista advierte que publicar este tipo de material implica riesgos mortales tanto para ella como para las víctimas.
Las amenazas que ha recibido incluyen muerte y ataques con ácido, y la acusación de incitar a la indecencia pública por alentar a las mujeres a hablar. Hoy, Jassim apenas sale de su casa y pasa el tiempo con su perro, mientras exige leyes más estrictas que tipifiquen el acoso y la violencia de género, ausentes del código penal iraquí.
Casos como el de Amal, pseudónimo de una madre que denunció la violación de su hija menor de 18 años por su exmarido, ilustran la impunidad del sistema. A pesar de presentar pruebas médicas y de ADN, Amal enfrenta un proceso judicial largo, costoso y sin garantías de protección; su agresor sigue prófugo y ella vive con el temor constante de represalias.
El panorama se agrava con el asesinato de Yanar Mohammed, fundadora de varios refugios para mujeres, a manos de hombres armados en marzo. Las investigaciones apuntan a milicias extremistas que la habían amenazado en línea durante años. Activistas como Hanaa Edwar y Mustafa Saadoon denuncian la falta de leyes, protección y justicia, señalando que las denuncias deben pasar por la familia, la comisaría y el tribunal, donde el silencio y la complicidad son la norma.
Mujeres como Samira describen el acoso cotidiano: desde videos pornográficos mostrados en el transporte público hasta persecuciones en automóvil que la policía se niega a investigar. Según el Ministerio del Interior, sólo se registran alrededor de 300 denuncias de violencia sexual al año, cifra que los propios activistas consideran una mínima fracción de la realidad.
A pesar del clima de miedo, activistas como Jassim y Edwar se niegan a rendirse. “Si todos tenemos miedo, nada cambiará”, afirma Jassim, mientras la comunidad internacional urge a Irak a reformar su legislación y a proteger a quienes se atreven a alzar la voz contra la violencia sexual.
Fuente: Bbc