Google Research y el HHMI Janelia Research Campus publicaron el 3 de septiembre el mapa neuronal más completo jamás realizado de Drosophila melanogaster, la conocida mosca de la fruta. El proyecto, que combina una década de trabajo con inteligencia artificial, utilizó millones de imágenes en 2 D de secciones microscópicas del cerebro y del cuerpo, ensamblándolas como rebanadas de pan para generar una reconstrucción 3D de 166 000 neuronas. Este modelo, aunque diminuto comparado con los 85 000 millones de neuronas humanas, representa el “código fuente” del sistema nervioso de la mosca, identificando áreas sensoriales, motoras y de procesamiento de sabor.
La publicación del mapa desató una ola de experimentos creativos en la comunidad de código abierto. Alex Wormuth, ingeniero de software, lanzó un proyecto para entrenar el cerebro digital de la mosca a jugar al clásico shooter Doom. Cada fotograma del juego se traduce en estímulos sensoriales para el modelo, y la actividad neuronal resultante determina acciones como mover, girar o disparar. Además, se implementó un mecanismo de refuerzo basado en la dopamina: cuando el avatar recibe daño, las neuronas dopaminérgicas se activan, simulando castigos y recompensas que guían el aprendizaje.
Tras más de 7 500 rondas de juego, la mosca virtual aún no logra eliminar enemigos; sus movimientos son erráticos y su puntería inexistente. El experimento, aunque no demuestra inteligencia ni consciencia en el insecto, sirve como prueba de concepto para validar la precisión del mapa cerebral y explorar cómo responde a estímulos visuales artificiales.
Paralelamente, la desarrolladora Jessica Paquette adaptó el mismo modelo para que la mosca jugara Super Mario 64. Los resultados fueron igualmente desalentadores: la criatura digital se desplaza sin lograr completar niveles ni recoger objetos. Aun así, ambos proyectos ofrecen una ventana lúdica para observar patrones emergentes en redes neuronales biológicas simuladas.
Más allá del humor, estos intentos tienen un valor científico significativo. Permiten a neurocientíficos probar hipótesis sobre la conectividad y la dinámica neuronal sin necesidad de experimentos in vivo, reduciendo costos y riesgos éticos. También abren la puerta a futuras aplicaciones, como interfaces cerebro‑máquina o terapias neurocomputacionales, siempre que se logren mapas de mayor resolución.
El objetivo final sigue siendo lejano: un mapa completo del cerebro humano con detalle comparable. Sin embargo, cada paso, como el de la mosca de la fruta, muestra el potencial de combinar neurociencia y IA. Quién sabe, quizá el próximo hito sea poner un cerebro humano simulado a disparar contra demonios en Doom.
Fuente: Xataka