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El 90% de las piscinas nuevas en España optan por cloradores salinos

por editor
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Nueve de cada diez piscinas instaladas en los últimos años en España ya incorporan un clorador salino, según datos de Innowater presentados por su socio Israel Ruíz. El cambio comenzó hace quince años, pero la pandemia aceleró su adopción hasta convertirlo en la opción dominante. De los 50,000 equipos vendidos recientemente, el 80% se destina a residencias particulares y el 20% restante a comunidades de vecinos y piscinas municipales, como las de Boadilla del Monte, Parla, Alconera y Juzbado.

El punto de inflexión se situó en 2021, cuando la demanda de espacios al aire libre y actividades domésticas impulsó un crecimiento del 20% en las ventas de sistemas salinos, según Eduardo Martín de TEAP, pionero con la marca Saliclor. Desde entonces, el ritmo se ha estabilizado entre un 5% y 10% anual, cifra que confirma Agustí Ferrer, presidente de la patronal ASOFAP, que califica a la sal como un producto transversal en todo tipo de instalaciones.

El proceso técnico detrás de estos equipos se llama electrólisis salina. Una célula con placas de titanio, un sensor de flujo y una placa de control convierten el cloruro de sodio disuelto en cloro libre, que desinfecta el agua. El cloro se combina con el sodio y vuelve a formar sal, creando un ciclo autorregenerable que elimina la necesidad de añadir químicos externos. Esta automatización permite una dosificación constante, reduciendo la formación de cloraminas, responsables del típico olor y la irritación ocular.

A diferencia del agua de mar, que contiene unos 38 gramos de sal por litro, los sistemas domésticos operan entre 4 y 6 gramos por litro, casi nueve veces menos. Los fabricantes exigen sal de alta pureza (99% NaCl) sin yodo ni antiapelmazantes; la sal de mesa está descartada porque sus aditivos dañan la célula de titanio. En el mercado se encuentran tres tipos principales: sal marina, sal vacuum (más fina y pura) y sal Epsom, esta última recomendada solo para spas.

La normativa española (Real Decreto 742/2013) no diferencia entre cloro tradicional y cloro generado por electrólisis, pero exige que el cloro libre residual se mantenga entre 0,5 y 2,0 mg/L. Un clorador bien calibrado suele mantenerse en el rango bajo, ofreciendo mayor estabilidad que la dosificación manual y reduciendo el riesgo de sobrecargas puntuales, aunque sigue siendo necesario controlar el pH.

Existen dudas sobre la corrosión de equipos metálicos en presencia de sal. La comunidad técnica no ha llegado a un consenso, pero los fabricantes señalan que la corrosión depende más de una mala conexión a tierra o de un pH descuidado que de la sal en sí. En cuanto a la salud, la diferencia es mínima; la ventaja radica en la constancia del desinfectante y la sensación de suavidad en la piel.

La inversión inicial incluye el equipo, la instalación profesional y la compra de sal para el primer llenado. Sin embargo, el costo de mantenimiento a largo plazo es menor que el del cloro tradicional, pues la sal es barata y los electrodos de titanio se sustituyen cada tres o cinco años. Con 1,3 millones de piscinas en España, entre el 2% y el 3% anual migran al sistema salino, lo que sugiere una sustitución paulatina pero sostenida en el futuro.

Fuente: xataka

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