Soto de la Barca, ubicado en el municipio de Tineo (Asturias), se ha convertido en un escenario de abandono que recuerda a Prípiat. El poblado nació en 1965 para albergar a los trabajadores de la central térmica de Narcea, construida a orillas del río del mismo nombre. La empresa instaló chalets, bloques de viviendas, escuela, club social, piscina, cine y un consultorio médico, llegando a concentrar alrededor de 500 habitantes y 250 empleos directos.
La central, operada inicialmente por Naturgy, alcanzó su apogeo en el año 2000 con una producción de 3.855 GWh, suficiente para abastecer a cientos de miles de hogares. Sin embargo, la caída de la demanda de carbón y la política de cierre de térmicas en España provocaron la paralización del grupo 1 en 2016 y, finalmente, el cese total de la planta en junio de 2020. Con la central fuera de servicio, el pueblo perdió su razón de ser y la mayoría de sus residentes se trasladó al centro del concejo.
En 2022 el Instituto para la Transición Justa concedió 3,5 millones de euros para rehabilitar 14 viviendas y crear el primer cohousing municipal de España. No obstante, los plazos se incumplieron: la adjudicación de los contratos se retrasó hasta septiembre de 2023 y, al no presentarse la oferta ganadora, el proyecto quedó desierto. El ayuntamiento devolvió el dinero en 2025, mientras que la infraestructura del poblado sigue deteriorada, con humedades, grietas y maleza que invaden los edificios.
El proceso de desmantelamiento de la central avanzó entre 2023 y 2025, con voladuras que eliminaron torres y estructuras. Naturgy también propuso reordenar el cauce del Narcea y blindar la zona contra inundaciones, pero la falta de inversión ha dejado el terreno sin uso definido. En 2026, sólo 24 vecinos aparecen censados y el resto del conjunto permanece como una ciudad fantasma, con objetos cotidianos –pupitres, libros, ropa y equipos médicos– abandonados en su interior.
Los incidentes de vandalismo y robos se han vuelto habituales: el busto de bronce del fundador Higinio González desapareció en 2024, y la iglesia perdió sus campanas de cobre por temor a nuevos hurtos. Expertos, como el profesor Rubén Domínguez de la Universidad de Oviedo, abogan por una rehabilitación integral que respete el diseño original, argumentando que la ocupación devolvería valor cultural y económico al lugar.
Mientras tanto, casos similares en Asturias, como Perlora o la antigua comunidad de Paicega, y ejemplos internacionales como la isla japonesa de Hashima, ilustran el desafío de dar nueva vida a los pueblos creados alrededor de la industria del carbón. La incertidumbre persiste y, a falta de un proyecto concreto, Soto de la Barca sigue siendo un recuerdo silencioso de la era del carbón en España.
Fuente: xataka