Inicio CienciaEEUU gastó millones intentando crear el “superperro” y descubrió que la genética no lo basta

EEUU gastó millones intentando crear el “superperro” y descubrió que la genética no lo basta

por editor
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En los años cuarenta, poco después de la Segunda Guerra Mundial, la Fundación Rockefeller financió el proyecto “School for Dogs” en Maine, Estados Unidos. Con un presupuesto de 632,000 dólares de la época (cerca de nueve millones de pesos actuales) y la participación de más de 500 cachorros de cinco razas distintas, los científicos John Paul Scott y John Fuller buscaron crear el perro más inteligente mediante la selección genética. Cada camada fue observada desde su nacimiento: se anotaban sus reacciones, juegos, momentos de alimentación y, a partir de las cinco semanas, se les sometía a pruebas de aprendizaje, dominancia y personalidad.

El experimento surgió en un contexto histórico marcado por el rechazo a la eugenesia tras el Holocausto, pero aún persistían ideas que vinculaban la inteligencia con la herencia. Alan Gregg, jefe de ciencias médicas de la fundación, vio en los perros una forma de probar esas teorías sin involucrar a seres humanos. La hipótesis era clara: si los genes determinaban la capacidad cognitiva, cruzar las razas adecuadas debería producir una generación de perros sobresalientes en todas las pruebas.

Durante trece años, los investigadores registraron el desempeño de los caninos en laberintos, resolución de problemas y ejercicios de obediencia. Los resultados fueron inesperados: ninguna raza destacó en todas las áreas; algunas sobresalieron en pruebas de memoria, otras en agilidad o en respuesta a estímulos. Además, el comportamiento variaba según el contexto: los fox terrier mostraban mayor agresividad en situaciones de amenaza, mientras los basenji reaccionaban con miedo ante estímulos desconocidos.

Ante la ausencia de un “superperro” universal, Scott y Fuller concluyeron que la inteligencia y el temperamento no podían concentrarse en un solo individuo mediante cruces genéticos. Argumentaron que la diversidad dentro de una población es ventajosa: individuos valientes pueden enfrentar peligros, mientras los más cautelosos detectan riesgos y alertan al grupo. Esta visión se trasladó a la reflexión sobre la humanidad, subrayando que la fortaleza social reside en la variedad de habilidades.

El proyecto también aportó datos sobre la importancia de la socialización temprana. Algunos cachorros fueron criados en aislamiento total; los investigadores identificaron una ventana crítica entre las cuatro y doce semanas de vida, durante la cual el contacto con humanos y otros perros es esencial para un desarrollo normal. La privación prolongada producía animales extremadamente difíciles de domesticar, revelando la influencia del ambiente sobre la genética.

En 1958, la financiación se agotó y la “School for Dogs” cerró sus puertas. Aunque no se logró crear el perro perfecto, el experimento dejó un legado científico: demostró la complejidad de la interacción entre genes, entorno y experiencias en la conducta animal, y sentó bases para la etología moderna.

Fuente: Xataka

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