Según el psicólogo especializado en salud mental infantil, Marcos Adrián Pérez Hernández, la prevalencia de la depresión entre los jóvenes mexicanos ha alcanzado cifras alarmantes: uno de cada nueve adolescentes muestra síntomas clínicos de trastorno depresivo. Este dato, extraído de estudios recientes realizados por la Universidad Veracruzana y la Secretaría de Salud, revela un incremento del 15% en los últimos cinco años, y pone de relieve la necesidad de una detección temprana. La depresión no solo afecta el estado de ánimo, sino que también repercute en el rendimiento académico, la relación con la familia y la propensión a conductas de riesgo. Por ello, las autoridades sanitarias están impulsando campañas de sensibilización en colegios y centros de salud para que padres y docentes aprendan a identificar los primeros indicios.
Entre las señales más frecuentes, Pérez Hernández señala la tristeza persistente que no desaparece con el paso del tiempo ni con actividades recreativas. Cuando un adolescente muestra una visión negativa constante de sí mismo y del futuro, es un llamado de atención para buscar ayuda profesional. Otro indicador clave es el aislamiento social: evitar a amigos, rechazar invitaciones y pasar largas horas solo en el cuarto, especialmente frente a dispositivos electrónicos. Este comportamiento suele acompañarse de una disminución del interés por actividades antes disfrutadas, lo que los expertos denominan “anhedonia”.
Las autolesiones, aunque a menudo ocultas, constituyen una señal de alarma crítica. Cortarse, quemarse o golpearse son formas en que algunos jóvenes intentan aliviar el dolor emocional que sienten. Pérez Hernández advierte que estos actos pueden preceder intentos de suicidio, por lo que cualquier indicio debe ser tomado con la máxima seriedad. Además, cambios bruscos en los hábitos de sueño y alimentación, como insomnio crónico o comer en exceso, también pueden señalar un desequilibrio mental subyacente.
El entorno familiar y escolar juega un papel determinante en la prevención. Los padres deben fomentar la comunicación abierta, evitar juzgar y ofrecer apoyo incondicional. En el ámbito educativo, los maestros pueden observar cambios conductuales y derivar a los estudiantes a los servicios de orientación psicológica. Programas de capacitación para docentes, ya implementados en varios estados, incluyen técnicas para reconocer el lenguaje corporal y los patrones de interacción que sugieren malestar.
A nivel nacional, el gobierno ha anunciado la ampliación de la red de centros de salud mental, con la incorporación de psicólogos infantiles en unidades de atención primaria. Asimismo, se prevé la creación de una línea telefónica 24/7 para emergencias psicológicas, destinada a jóvenes y sus familias. Estas medidas buscan reducir la brecha de acceso a la atención y disminuir el estigma asociado a los trastornos mentales.
La clave para revertir esta tendencia radica en la detección precoz y la intervención oportuna. Reconocer la tristeza profunda, el aislamiento y las autolesiones como señales de alerta permite actuar antes de que la situación se agrave. La sociedad en su conjunto, desde padres y maestros hasta autoridades, debe comprometerse a crear un entorno que favorezca el bienestar emocional de los adolescentes, garantizando así una generación más saludable y resiliente.
Fuente: Diario de Xalapa