En la cornisa cantábrica, el eucalipto es un árbol común. Sin embargo, su omnipresencia es el resultado de una política forestal que comenzó en los años 40 para abastecer la industria papelera. Un estudio científico de la Universidad de Santiago de Compostela y el CSIC ha demostrado que, para la fauna, esas plantaciones son casi un desierto. El estudio analizó 240 zonas de bosque atlántico autóctono y bosque de eucalipto en el Parque Natural das Fragas do Eume y encontró una diferencia abismal en riqueza y abundancia de aves. Los eucaliptos maduros no pueden sustituir a los árboles maduros como hábitat funcional y su follaje ofrece un soporte muy limitado para las aves. La solución es dejar crecer vegetación silvestre en algunas zonas, sin limpiarla. El papel de las aves del bosque es importante dentro del equilibro del ecosistema, por lo que es necesario encontrar un equilibrio entre la industria y la conservación. El eucalipto llegó a la Península Ibérica en el siglo XIX con fines ornamentales y medicinales, pero su auténtico boom llegó con los planes de repoblación del franquismo y la demanda comercial de celulosa. En Portugal, el eucalipto cubre más de 800.000 hectáreas y es la especie forestal más extendida del país. El eucalipto es un killer silencioso, libera sustancias químicas que impiden el crecimiento de otras plantas y elimina los arbustos autóctonos y los insectos que alimentan a los pájaros. La solución propuesta es dejar franjas de vegetación sin talar dentro de las plantaciones para que la flora autóctona se recupere y los pájaros vuelvan.
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