El patrón de sueño conocido como “bifásico” consistía en dividir la noche en dos bloques de descanso separados por un periodo de vigilia. Historiadores como Roger Ekirch y el psiquiatra Thomas Wehr documentaron que, hasta la época preindustrial, era habitual dormir entre las 9 y 11 p.m., despertar para conversar, rezar o realizar tareas, y volver a dormir hasta el amanecer. Este hábito, llamado “primer sueño” y “segundo sueño”, aparece en crónicas medievales, diarios de viajeros y literatura de la época, revelando una costumbre arraigada en la vida cotidiana.
Ekirch recopiló evidencia de fuentes oficiales y obras de ficción que describían este sueño segmentado, mientras que Wehr reprodujo el fenómeno en un experimento controlado. Privó a 15 hombres de luz artificial, reduciendo sus horas de exposición de 16 a 10, y observó que, tras cuatro semanas, sus patrones se ajustaron a dos fases de sueño de duración similar. Los resultados sugerían que la ausencia de iluminación nocturna favorecía la fragmentación natural del descanso.
La hipótesis más aceptada para la desaparición del sueño bifásico señala a la Revolución Industrial. A finales del siglo XIX, la difusión de lámparas de gas y bombillas incandescentes extendió la luz artificial a los hogares, alterando el ritmo circadiano humano. Además, la industrialización introdujo horarios de trabajo rígidos en fábricas, obligando a los obreros a concentrar su sueño en un solo bloque para maximizar la productividad. Así, la combinación de tecnología y organización laboral transformó la forma de dormir.
Estudios recientes ponen en duda la universalidad del patrón bifásico. En 2015, investigadores siguieron a 94 adultos de comunidades sin electricidad (Hadza, San y Tsimane) y no encontraron sueño segmentado, aunque Ekirch explicó que la latitud ecuatorial y las noches más cortas podrían influir. En contraste, una investigación de 2017 en Madagascar sí detectó un primer y segundo sueño, indicando que factores como la latitud, la estación y la cultura moldean los hábitos de descanso.
En la actualidad, resurgen propuestas de sueño polifásico, como los esquemas “Uberman” o “Everyman”, que dividen el descanso en múltiples siestas cortas. Sin embargo, estos patrones no cumplen con los 7‑8 horas recomendadas y pueden impedir la consecución de ciclos REM y no‑REM completos, afectando la salud mental y física.
Lo que permanece constante es la necesidad de una higiene del sueño adecuada: horarios regulares, ejercicio regular, evitar pantallas y luces intensas antes de acostarse. Adaptar el descanso a nuestras necesidades personales sigue siendo la mejor estrategia, mientras la historia nos recuerda que la luz artificial cambió para siempre la manera en que dormimos.
Fuente: xataka