Kiev ha convertido la guerra en un conflicto de precisión tecnológica, enfocándose en los componentes más críticos de las refinerías rusas. En los últimos meses, los drones ucranianos han golpeado unidades ELOU‑AVT, los desalinizadores eléctricos que extraen agua y sal del crudo antes de la destilación. Al inutilizar estas máquinas, una parte sustancial del proceso de refinado se detiene, aun cuando la infraestructura física permanezca intacta.
La estrategia, descrita por The Washington Post como una campaña coordinada, se apoya en la capacidad de producir drones de bajo costo y en la inteligencia militar proporcionada por aliados occidentales. En lugar de intentar destruir instalaciones extensas, los operadores ucranianos eligen objetivos que son difíciles de sustituir y cuya reparación requiere tiempo y repuestos que Rusia ya no puede importar fácilmente por las sanciones europeas.
Según datos de El Confidencial, a finales de agosto de 2026 la mitad de la capacidad total de refinación de Rusia quedó fuera de servicio. Además de los desalinizadores, los ataques han dañado tanques de almacenamiento, bombas y oleoductos, complicando el transporte interno del combustible. La frecuencia de los impactos, más de cincuenta en los últimos meses, ha impedido que las empresas rusas realicen reparaciones antes de que se produzca el siguiente asalto.
Expertos señalan que la dificultad no radica solo en la complejidad técnica de los equipos, sino también en la escasez de piezas de repuesto. Desde el inicio de la invasión, la UE prohibió la exportación de equipos de destilación atmosférica al vacío y de procesamiento secundario, limitando aún más la capacidad de Rusia para reponer lo dañado. Cada reparación se vuelve un proceso costoso y prolongado, lo que amplifica el impacto económico de los ataques.
El presidente Vladimir Putin admitió que la campaña ucraniana ha costado alrededor del 1 % del PIB ruso. En respuesta, ha instado a las empresas privadas a adquirir sus propios sistemas de defensa aérea y ha promulgado un decreto que permite al Estado intervenir en infraestructuras críticas, incluidas refinerías, cuando sus dueños no logren protegerlas.
Sin embargo, la vasta geografía rusa complica la defensa. Las refinerías están dispersas en regiones remotas, lo que obliga a desplegar sistemas de detección e intercepción en múltiples puntos, generando una carga logística que las fuerzas aéreas rusas luchan por manejar. Mientras tanto, Ucrania sigue perfeccionando sus drones, demostrando que la guerra moderna puede ganarse atacando el corazón de la cadena productiva, no solo el frente de batalla.
Fuente: Xataka