En 1798 el Directorio francés aprobó una contribución que gravaba cada puerta y ventana visible de una vivienda. La medida, impulsada por el ministro de Finanzas Dominique Ramel para paliar la crisis post‑revolucionaria, se basó en la idea de que el número de aberturas era un indicador de la riqueza del propietario. Cada puerta o ventana que daba a la calle, patio o jardín se contaba sin necesidad de entrar al interior, lo que permitía al Estado recaudar sin violar la privacidad.
Durante 126 años la “taxe sur les portes et fenêtres” se mantuvo vigente, cobrando entre 0,20 y 0,60 francos por apertura según el tamaño del municipio. Las puertas de cochera y los comercios estaban sujetas a una tributación doble, mientras que graneros, establos y pequeños tragaluces quedaban exentos. El impuesto se convirtió en uno de los cuatro grandes gravámenes directos heredados de la Revolución, conocidos como les quatre vieilles.
Los propietarios, al verse obligados a pagar más por cada hueco, empezaron a modificar sus casas de forma radical. En muchas ciudades se pueden observar fachadas con ventanas tapiadas, muros donde antes había cristales y puertas de cochera reducidas a simples accesos. En Montmort‑Lucy, por ejemplo, una antigua gran puerta de entrada fue reemplazada por una abertura ordinaria para evitar la doble tributación. Algunos artesanos recurrieron a trampantojos: pinturas que simulaban ventanales para conservar la simetría estética sin añadir aperturas reales.
Estas alteraciones no fueron sólo estéticas. Al disminuir el número o el tamaño de las ventanas, se redujo la entrada de luz natural y la ventilación, lo que afectó la higiene y la salud de los habitantes, especialmente en viviendas modestas. Por eso el impuesto ganó el apodo de “tributo sobre el aire y la luz” y fue duramente criticado por higienistas y médicos de la época.
El modelo francés se inspiró en la Window Tax británica de 1696, que también utilizaba las aberturas como proxy de la capacidad económica. Sin embargo, la presión social, la aparición de nuevos impuestos sobre la renta y la creciente conciencia sobre la calidad de vida llevaron a la derogación de la medida. La ley del 19 de julio de 1925 la eliminó y, en 1926, dejó de recaudar los escasos 60 millones de francos anuales que generaba.
Hoy, las ventanas tapiadas que aún se observan en barrios históricos de París, Lyon y otras ciudades son testigos visibles de una política fiscal que, aunque desapareció hace casi un siglo, dejó una huella indeleble en el paisaje urbano francés.
Fuente: Xataka