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Cómo romper los hábitos que agravan la ansiedad social en estudiantes

por editor
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Mary, una joven de 25 años que estudió en la Universidad de Exeter, empezó a sentir una ansiedad paralizante en la adolescencia. La presión social la llevó a abandonar el colegio y, al ingresar a la universidad, evitó cualquier actividad grupal. “No me uní a clubes ni asociaciones; pensé que nadie querría conocerme”, recuerda. Su situación empeoró hasta que le diagnosticaron trastorno de ansiedad social, una condición que afecta a cerca del 12% de la población en algún momento de su vida.

Diversos estudios británicos revelan que más de una quinta parte de los estudiantes universitarios sufre de ansiedad social, lo que se traduce en notas más bajas, relaciones interpersonales pobres y aislamiento. La transición a la vida independiente, típica de la universidad, suele intensificar estos temores. Mary intentó integrarse asistiendo a una asociación estudiantil, pero el ruido de las conversaciones la paralizó y volvió a su habitación, sintiendo que no encajaba.

Los síntomas que describe Mary son típicos: calor en la cara, hormigueo en las manos, sensación de estar fuera de su propio cuerpo y una vergüenza abrumadora después de cada interacción. Neil Greening, presidente de la Alianza contra la Ansiedad Social del Reino Unido, señala que muchos confunden este trastorno con un defecto de personalidad y lo ocultan, lo que dificulta buscar ayuda. Señala también que el uso excesivo del móvil y el teletrabajo pueden agravar la situación al reducir las oportunidades de contacto cara a cara.

Para quienes ya cuentan con diagnóstico clínico, la terapia cognitivo-conductual (TCC) es el tratamiento de referencia. Mary recibió apoyo del NHS y, tras completar su licenciatura, comenzó un posgrado mientras sigue bajo TCC. El psicólogo David Clark, de la Universidad de Oxford, aconseja dejar de centrarse en uno mismo y enfocarse en el entorno, la conversación y la otra persona. Propone pequeños experimentos conductuales, como hacer una pregunta en una reunión, para desafiar los temores anticipados.

Otro paso clave es abandonar los “comportamientos de seguridad”: ensayar cada frase, evitar el contacto visual o permanecer pegado a una persona conocida. También es fundamental no rumiar los eventos después de que ocurran, pues la distorsión de la realidad alimenta la ansiedad. Mary aprendió a reconocer estos patrones y, con el apoyo de amigos y grupos pequeños, empezó a participar en actividades como un club de astronomía, aunque reconoce que el proceso sigue siendo gradual.

En conclusión, la ansiedad social no es una debilidad personal sino una condición tratable. La combinación de terapia profesional, cambios de actitud y exposición controlada permite a jóvenes como Mary recuperar la confianza y construir relaciones saludables en el entorno universitario.

Fuente: Bbc

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