Un estudio de la Universitat Autònoma de Barcelona ha revelado una alarmante relación entre el árbol ornamental Sophora japonica, conocido como sófora, y la abeja gigante de la resina (Megachile sculpturalis). Esta abeja, originaria de Asia, es la primera especie invasora documentada en Europa y está encontrando en los jardines catalanes un refugio ideal para su proliferación.
La sófora, introducida en Europa en el siglo XVIII por su belleza y sombra, se ha convertido en un elemento común de los parques y avenidas de ciudades como Barcelona, donde se contabilizan más de 11,000 ejemplares. El árbol florece en verano, liberando abundante polen que constituye la principal fuente de alimento de la abeja invasora. Los investigadores confirmaron que la Megachile sculpturalis depende casi exclusivamente de este polen para alimentarse y reproducirse.
Este vínculo simbiótico genera un efecto bola de nieve: mientras más sóforas se planten, mayor es la capacidad de la abeja para colonizar nuevas áreas. Desde su primer avistamiento en el sudeste de Francia en 2008, la especie ha expandido su presencia por gran parte del continente, multiplicando sus registros por diez en menos de una década, según datos del Consorcio de Investigación en Biodiversidad (CREAF).
El estudio también analizó variables climáticas y geográficas, concluyendo que la disponibilidad de sófora es tan determinante como condiciones meteorológicas favorables. En zonas donde el árbol está presente, el clima cálido del verano potencia la actividad de la abeja, creando un escenario propicio para su establecimiento permanente.
Eliminar los árboles exóticos no es una solución sencilla. La investigación advierte que, una vez establecida la población de Megachile sculpturalis, la retirada de la sófora no garantiza la erradicación de la abeja, que ya ha colonizado el entorno durante casi dos décadas. Además, la especie muestra una alta capacidad de adaptación, lo que complica los esfuerzos de control.
Este caso subraya la necesidad de revisar las políticas de arboricultura urbana y de considerar los riesgos ecológicos de introducir especies ornamentales sin un estudio previo de sus posibles impactos. La interacción entre plantas exóticas y fauna invasora puede desencadenar desequilibrios en la biodiversidad local, afectando tanto a la flora como a la fauna autóctona y a la salud de los ecosistemas urbanos.
Fuente: xataka