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Puente “Sol Naciente” de Choluteca: la fortaleza que sobrevivió al Mitch y quedó aislado

por editor
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En la periferia de Choluteca, Honduras, se alza el llamado Nuevo Puente de Choluteca o Sol Naciente, una obra de 484 metros construida a finales de los noventa con financiamiento y tecnología japonesa. Fue concebido para descongestionar el tráfico de la carretera Panamericana (CA‑1) que cruzaba la ciudad, sustituyendo al antiguo puente Carías, y se convirtió en el puente más largo del país y el mayor proyecto de Hazama Ando Corporation en Latinoamérica.

Su estructura combina hormigón armado en pilares y estribos con una losa de hormigón pretensado, apoyada sobre ocho columnas y con una anchura de 12 metros que incluye aceras laterales. El diseño de viga cajón acartelada le otorga resistencia ante los fenómenos sísmicos y, sobre todo, contra los huracanes, una exigencia crucial en una zona históricamente azotada por tormentas tropicales.

El 26 de octubre de 1998 el huracán Mitch, de categoría 5 y vientos que superaron los 290 km/h, impactó Honduras causando más de 5,000 fallecimientos y devastando el 70% de la red vial. De los 75 puentes destruidos, el Sol Naciente salió prácticamente intacto, demostrando la calidad de su construcción. Sin embargo, la catástrofe dejó la carretera de acceso en ruinas y desvió el cauce del río Choluteca, que dejó de pasar bajo el puente.

Como consecuencia, el puente quedó suspendido sobre tierra seca, sin acceso vehicular y sin cumplir su función original durante varios años. La situación cambió cuando Japón, a través de la Agencia de Cooperación Internacional (JICA), donó recursos para reparar los accesos y reactivar la circunvalación que conecta los departamentos de Choluteca y Valle. La obra de recuperación restauró los enlaces viales y devolvió al puente su papel estratégico en la ruta CA‑1.

Hoy el Sol Naciente vuelve a ser un punto neurálgico del tráfico nacional, pero su historia sigue siendo un caso de estudio para ingenieros y planificadores urbanos. La lección principal es que la resistencia estructural, aunque esencial, no basta si el entorno natural y la infraestructura circundante no se consideran en conjunto. El puente es un recordatorio de la vulnerabilidad de las redes de transporte ante eventos climáticos extremos.

El caso hondureño también alimenta el debate en la región sobre la necesidad de invertir en infraestructuras resilientes y en planes de contingencia que integren la gestión de cuencas y la adaptación al cambio climático. Mientras Honduras celebra la durabilidad de su mayor puente, la comunidad internacional observa cómo la cooperación japonesa sigue siendo clave para la recuperación y modernización de la infraestructura en Centroamérica.

Fuente: xataka

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