En abril de 1984 la misión STS-41C del transbordador Challenger llevó a cabo, además de la histórica reparación de un satélite, un experimento poco convencional: 3.301 abejas, incluida una reina, fueron trasladadas a la microgravedad para observar si podían construir sus característicos panales sin la referencia de la gravedad terrestre. El módulo especialmente diseñado albergó a los insectos durante los seis días, 23 horas y 40 minutos que duró el vuelo, proporcionando alimento y control de temperatura para mantener viva a la colonia.
El proyecto, propuesto por el estudiante Dan Poskevich, buscaba responder una pregunta simple pero compleja: ¿pueden las abejas organizar una colmena y producir celdas hexagonales cuando desaparece la fuerza que define arriba y abajo? Los primeros momentos fueron caóticos; sin gravedad, muchas obreras intentaron volar y chocaron contra las paredes del contenedor, confundiendo el techo con el suelo. Sin embargo, a medida que pasaban los días, las abejas fueron adaptándose, estabilizando su vuelo y empezando a trabajar en la construcción de panales.
Al final de la misión, los registros mostraron que la colonia había logrado crear aproximadamente 200 cm² de cera estructurada en forma de hexágonos. Los astronautas, desde la ventana del Challenger, observaron una zona blanquecina que contrastaba con el control terrestre, donde ninguna celdilla era visible. Este resultado confirmó que la ausencia de gravedad no impide la arquitectura típica de la colmena, aunque se detectaron diferencias en dimensiones: los diámetros de las celdas eran ligeramente menores y las paredes más gruesas, mientras que la profundidad se mantuvo dentro de los rangos normales.
El comportamiento colectivo de la colonia también resultó sorprendente. Las abejas regulaban la humedad y temperatura del recinto, distribuían néctar, polen y agua, e incluso trasladaban a los individuos muertos a un compartimento externo. La mortalidad fue de apenas dos decenas de individuos, un número compatible con el desgaste natural de una colmena en tierra. Además, la reina puso alrededor de 35 huevos durante el vuelo, aunque ninguno eclosionó antes del regreso, lo que impidió estudiar una generación nacida en el espacio.
Este experimento, aunque secundario frente a la reparación del satélite Solar Maximum Mission y al despliegue del Long Duration Exposure Facility, aportó valiosos datos sobre la capacidad de organización y adaptación de los sistemas biológicos en entornos de microgravedad. Los hallazgos sugieren que la arquitectura hexagonal de los panales es una respuesta emergente que no depende exclusivamente de la gravedad, sino de la interacción entre las abejas y su entorno inmediato.
Los resultados siguen influyendo en investigaciones sobre la vida en el espacio, ya que demuestran que colonias de insectos pueden mantener estructuras funcionales y comportamientos sociales complejos fuera de la Tierra, abriendo la puerta a futuros estudios de biología espacial y posibles aplicaciones en la producción de materiales en misiones de larga duración.
Fuente: Xataka