Miquel Ramis, agrónomo mallorquín, ha puesto en cifras la crisis del agua en la isla: un aguacatero necesita cerca de 15 000 litros al año, mientras que un olivo apenas consume 950. Esa diferencia, según su libro “Agricultura Regenerativa para Climas Mediterráneos”, equivale a quince olivos y medio por cada árbol de aguacate. Ramis no propone prohibir el fruto verde, sino replantear los cultivos en una Mallorca que se vuelve cada vez más seca y que sigue plantando como si el recurso fuera ilimitado.
La clave, según el experto, está bajo la tierra. Décadas de arado intensivo y maquinaria han compactado los suelos, impidiendo que la lluvia se infiltre y provocando escorrentía que arrastra materia orgánica. Su propuesta de agricultura regenerativa busca revertir ese proceso mediante la incorporación de materia orgánica, cubiertas vegetales y pequeñas modificaciones topográficas que concentren el agua de 25 m² alrededor de cada árbol. De esa forma, un árbol podría captar hasta 250 litros de lluvia, mucho más que la caída directa sobre su copa.
Ramis visualiza el futuro de la isla con un plan ambicioso: plantar un millón de árboles adaptados al clima mediterráneo. El proyecto, iniciado en 2020 bajo la iniciativa Balears Verd, combina frutales, arbustos, hortalizas y otras especies en bosques comestibles, recreando el policultivo tradicional. Además de capturar CO₂, estos árboles generarían sombra, reducirían la temperatura del suelo, producirían biomasa y alimentos, y ayudarían a recargar los acuíferos.
La alternativa a la reforestación es la desalación, una opción cada vez más costosa para las Islas Baleares. Una sola planta desalinizadora puede costar entre 30 y 60 millones de euros, y los proyectos municipales llegan a 135 millones, sin contar el consumo energético ni la salmuera que afecta a ecosistemas como los prados de posidonia. Ramis argumenta que con una inversión similar se podrían plantar los árboles, obteniendo a la larga alimentos, empleo y una mayor resiliencia hídrica.
El mensaje central es diseñar el territorio alrededor de cada litro de agua disponible, no intentar crear más. Eso implica abandonar cultivos extremadamente sedientos, restaurar la materia orgánica del suelo, almacenar la lluvia y frenar la erosión. La comparación entre el aguacatero y los quince olivos deja de ser una curiosidad y se convierte en una llamada a repensar el paisaje para vivir con la escasez que se avecina.
Si la propuesta se materializa, Mallorca podría convertirse en un laboratorio vivo de agricultura sostenible, demostrando que la solución a la crisis hídrica no siempre pasa por más infraestructura, sino por cambiar la forma en que usamos la tierra y el agua que ya tenemos.
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Fuente: xataka