El verano de 2025 nos dejó una cicatriz de ceniza y una lección que seguimos negándonos a aprender . Los bosques europeos arden con una ferocidad inédita, pero la respuesta no está en acumular más bomberos en agosto, sino en volver a habitar y gestionar el monte en enero. El balance satelital de Copernicus de la última campaña estival fue, sencillamente, aterrador: más de 403.000 hectáreas calcinadas en España y por encima del millón en toda Europa. Sin embargo, el dato verdaderamente inquietante lo aportó el Sistema Europeo de Información sobre Incendios Forestales (EFFIS) : en España se registraron 217 incendios, menos de la mitad que en 2022 (493). La superficie quemada, en cambio, fue dramáticamente mayor.
El fuego no se ha vuelto más frecuente; se ha vuelto un monstruo mucho más feroz. A finales de 2025, el Servicio de Monitoreo Atmosférico de Copernicus (CAMS) confirmaba el desastre : Europa había registrado sus emisiones por incendios más altas desde que hay registros en 2003, liberando casi 13 megatoneladas de carbono a la atmósfera. Ante este escenario, la respuesta institucional sigue estancada en el mismo bucle: más hidroaviones, más retardante, más efectivos estivales. Una estrategia de urgencia que ignora una realidad incontestable: el problema no empieza cuando prende la chispa, sino mucho antes, en el silencio del monte, durante todo el año.
El diagnóstico que nadie quiere escuchar. Cada año, los bosques españoles suman 46 millones de metros cúbicos nuevos de biomasa vegetal. De esa cantidad, según datos de Expobiomasa , solo se aprovecha alrededor del 40%. La media europea está entre el 65% y el 70%. El resto se queda en el suelo: ramas, matorrales, hojas secas, maleza. Año tras año. Década tras década. El resultado es lo que los técnicos forestales llevan tiempo llamando “carga de combustible”. No es una metáfora literaria, es física pura: ante una ola de calor o una tormenta seca, esta acumulación convierte un conato en un infierno incontrolable. Galicia, Extremadura y Castilla y León ya lo sufrieron en sus propias carnes el año pasado.
Como advierte la Asociación Española de la Biomasa (AVEBIOM) , el origen de este polvorín es histórico. Décadas de éxodo rural y el abandono de usos tradicionales —como el pastoreo, la ganadería extensiva o la recogida de leña— han dejado a los bosques huérfanos de la gestión que, durante siglos, los mantuvo a salvo. La naturaleza no hizo el trabajo sucio, y nosotros dejamos de hacerlo por ella.
Una propuesta que llega al Parlamento Europeo. Esta semana, esa diagnosis aterrizó en Bruselas con nombre propio. Bioenergy Europe presentó en el Parlamento Europeo el documental Fuel the solution, not the fire —en español, “Alimenta la solución, no el fuego”— con un mensaje central: la prevención de los grandes incendios forestales pasa por actuar mucho antes de que lleguen las llamas.
La iniciativa, respaldada en España por AVEBIOM, muestra experiencias desarrolladas en Grecia, Italia y España que evidencian cómo el aprovechamiento sostenible de la biomasa forestal puede contribuir simultáneamente a tres objetivos: disminuir la carga de combustible en los montes, generar energía renovable local y dinamizar las economías rurales. La propuesta no es nueva en el sector. Pero que llegue al Parlamento Europeo, en el arranque de una nueva temporada de alto riesgo, le da una dimensión política que antes no tenía.
El modelo: del monte a la caldera. La idea es, en su estructura, sencilla. Cuando se realiza una poda, una clara o un tratamiento selvícola, los restos vegetales que quedan —lo que antes se abandonaba o se quemaba en el propio monte— se recogen, se trituran y se convierten en astilla o pellet. Ese material alimenta calderas en municipios, hospitales, polideportivos o industrias. El monte queda más limpio. El pueblo, más caliente. Y la factura energética, más baja. “La gestión forestal sostenible es parte de la respuesta a los incendios. Y la bioenergía puede ayudar a dar salida a una parte de la biomasa que es necesario retirar de los montes”, explica Pablo Rodero, responsable de certificaciones de AVEBIOM, en declaraciones recogidas por Energías Renovables .
Rodero insiste en un matiz importante para no confundir el discurso: “No se trata de ‘limpiar el monte’. Se trata de gestionar mejor el territorio, con planificación técnica y sostenibilidad. Cuando los restos de podas, claras o trabajos preventivos se transforman en energía renovable, la prevención deja de ser un coste para generar actividad económica, empleo y ahorro energético”. Las actuaciones concretas que defiende AVEBIOM van desde los tratamientos selvícolas y el mantenimiento de cortafuegos hasta la recuperación de la ganadería extensiva y el impulso de los aprovechamientos forestales sostenibles. Una gestión activa, todo el año, que no dependa de la urgencia del verano.
Números reales sobre el terreno. Más allá de la teoría, hay datos concretos que ilustran el potencial. Veolia Biomasa transformó en 2024 más de 300.000 toneladas de biomasa forestal —material acumulado en los montes— en 700 GWh de energía limpia. Para hacerse una idea: eso equivale al consumo eléctrico anual de más de 200.000 hogares.
La empresa opera ya en varias provincias españolas: trabaja en Moros (Zaragoza) y en la Sierra de la Culebra (Zamora) en la eliminación de vegetación sobre 500 y 400 hectáreas respectivamente; realiza clareos y entresacas en Mayorga (Valladolid), Barcial, Castropepe y La Hiniesta (Zamora) y Cilloruelo (Salamanca); y ha restaurado 200 hectáreas en Andalucía afectadas por los incendios del año anterior.
El informe de CRECEMOS sobre Gestión de Incendios Forestales , publicado en mayo de 2025, añade otra dimensión a la ecuación: movilizar de forma sostenible un millón de toneladas de biomasa forestal al año permitiría evitar la emisión de 580.000 toneladas de CO₂. En regiones como el noroeste peninsular, donde el potencial de biomasa está aún infrautilizado, este enfoque combinaría reducción del riesgo de incendio con reactivación económica de zonas hoy despobladas.
El salvavidas europeo. Conviene poner en perspectiva lo que está en juego. La bioenergía no es una tecnología experimental ni una apuesta de nicho: según el informe de CRECEMOS , representa el 60% de toda la energía renovable producida en la Unión Europea. Y el 96% de esa biomasa se produce en el propio territorio europeo: no se importa, no depende de regímenes extranjeros, no está expuesta a los vaivenes del mercado global del gas.
Es, en otras palabras, la renovable más autónoma que tiene Europa. Y sus materia prima lleva décadas acumulándose sin uso en los propios bosques del continente. Mientras la electricidad y el gas siguieron condicionados en 2025 por un panorama internacional convulso, la biomasa demostró estabilidad tanto en precios como en suministro . Un activo estratégico que Europa tiene, literalmente, a los pies de sus árboles.
El objetivo a 2030: 200 nuevas redes de calor. AVEBIOM tiene metas concretas. La asociación plantea construir al menos 200 nuevas redes de calor con biomasa forestal hasta 2030, lo que supondría una potencia instalada de 2.800 MW y movilizaría 1,2 millones de toneladas adicionales de biomasa al año.
El Foro de Bosques y Cambio Climático va más lejos en sus proyecciones : si España alcanzara el 67% de tasa de aprovechamiento —todavía por debajo de la media europea—, podría movilizar 5 millones de toneladas adicionales al año ya en 2030, y hasta 10 millones en 2050. El recurso está. Solo falta aprovecharlo.
Portugal ya ha dado pasos en esa dirección. Según AVEBIOM , el país vecino está instalando calderas de biomasa en municipios de alto riesgo de incendio para aprovechar los excedentes forestales y calentar edificios públicos con energía local y limpia. Un modelo de proximidad que genera menos dependencia y más resiliencia.
Las advertencias que el sector lleva décadas lanzando. No todo es optimismo. El sector lleva años alertando de obstáculos normativos y políticos que frenan el despegue de la gestión forestal con bioenergía. Uno de los más relevantes es la Directiva de Energías Renovables de la UE. Según Expobiomasa , la RED III en tramitación podría incluir criterios de sostenibilidad para la biomasa aún más restrictivos que los actuales, y el sector forestal español considera que algunos podrían ser contraproducentes para la resiliencia de los bosques ibéricos. Si las normas europeas dificultan el aprovechamiento de los residuos forestales, el monte seguirá acumulando leña. Una paradoja burocrática que podría costar hectáreas.
Hay también un problema de inercia política. Como resume AVEBIOM con una frase que no deja lugar a ambigüedad: “Seguir confiando solo en la extinción es pan para hoy y fuego para mañana”.
La pregunta que queda en el aire. Los montes no esperan. Cada año que pasa sin gestión activa es un año más de acumulación. Cada verano sin intervención previa es un verano en el que el riesgo crece. El documental presentado esta semana en el Parlamento Europeo, las cifras del informe CRECEMOS, las operaciones de Veolia en media España y las propuestas de AVEBIOM para 2030 apuntan en la misma dirección: la herramienta existe, el recurso está en los bosques, el conocimiento técnico lleva años disponible.
Lo que falta —y lo que el sector lleva décadas esperando— es que la política forestal, la política energética y la política de desarrollo rural dejen de ir cada una por su lado y se pongan, de una vez, a hablar entre ellas. Porque la próxima temporada de incendios ya está en marcha. Y los bosques, de momento, siguen ardiendo.
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