Desde finales del siglo XX, el mundo del trabajo ha sufrido transformaciones profundas impulsadas por la globalización, la reestructuración productiva y la adopción de políticas neoliberales. Estos procesos alteraron de forma sustantiva las relaciones laborales y favorecieron nuevas modalidades de organización del trabajo caracterizadas por una mayor flexibilidad laboral. No obstante, dicha flexibilidad ha contribuido a la precarización de las condiciones laborales de amplios segmentos de la clase trabajadora, afectando su calidad de vida y consolidando la precariedad como un rasgo estructural del capitalismo contemporáneo. La Organización Internacional del Trabajo (OIT) formuló el concepto de trabajo decente como marco orientador para promover empleo productivo con remuneración justa, seguridad laboral, protección social, respeto a los derechos laborales y diálogo social. En México, la expansión de la precariedad está asociada históricamente con las reformas económicas y el cambio estructural iniciados en la década de 1980. Frente a ese diagnóstico, las administraciones de Andrés Manuel López Obrador y Claudia Sheinbaum Pardo promovieron una agenda de reformas estructurales destinadas a revertir ese rezago histórico. Las reformas laborales impulsadas por ambas administraciones se enfocaron en cuatro pilares: empleo e ingresos dignos, protección social, derechos en el trabajo y diálogo social. Se recuperó el salario mínimo, se reguló la subcontratación, se reconocieron derechos para trabajadores de plataformas digitales y se redujo la jornada laboral. También se amplió la cobertura médica estatal y se reconfiguró el sistema de ahorro para el retiro. Además, se modificó sustancialmente el modelo de justicia y libertad sindical para garantizar el cumplimiento de los estándares internacionales. Sin embargo, el análisis integral demuestra que la precariedad laboral en México no ha desaparecido, sino que ha entrado en un proceso de reconfiguración. La notable mejora salarial y regulatoria coexiste con la persistencia de una elevada tasa de informalidad y con un sistema de salud universal que enfrenta el reto de su implementación presupuestal y operativa. En consecuencia, el desafío pendiente para el Estado mexicano radica en transitar de una estrategia centrada primordialmente en la recuperación del ingreso hacia una política institucionalizada e integral de trabajo decente.
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